Proceso Constituyente y les anarquistas: Interrupción destituyente. Experimento y potencia

Por Centro de Estudios Aleatorios Paul K. Feyerabend.

Semana_Trágica_(1909)

I

La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. (La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han).

Byung-Chul Han coreano, alemán, filósofo, dice eso. Dice, ahora como nunca antes, somos nosotrxs mismxs la principal fuerza de coerción, y curiosamente eso ha llegado a llamarse ‘libertad’.

Ahora bien, no es necesario creer, como él, que todo descansa en la explotación autoimpuesta. Hay algo que parece más general: Vivimos en Chile la individualización de toda posible respuesta a problemas colectivos. Es esto lo que obliga a vérselas por uno mismo. Eso convierte al ser movío, al ser pillo, al hacerla, en valores. Hace de la necesidad virtud.

Libertad y coacción no coincide por la supresión de un dominio externo. Libertad y coacción coinciden en razón del dominio. Es que no hay primero una cosa y luego otra. La coacción pura y dura, la violencia, no desaparece en absoluto: Se administra de otra forma, se gestiona. Estados de sitio aquí y allá en nombre de la paz. Guerra en el sur, en el walmapu, planteada como combate contra hechos criminales, etc.

Siempre que las ovejas no quieren volver al rebaño, se les aplica el terror.

¿Y qué debe hacer el rebaño? Trabajar muy duro para pagar lo que ya debe. Esclavos que encontraremos a nuestra disposición todos los artilugios, ya no para ocultar nuestra posición, sino para hacerla valorable. El primero de todos: la importancia que adquiere el esfuerzo (personal obviamente), como criterio de salvación. Y al final, la convicción de que lo fundamental es lo que se hace de una “vida” sin cualidad. Vida que es de “uno”, y en la que nadie debería meterse. De arriba abajo, entonces, un set de valores que recubre, pero jamás oculta del todo, las miserables condiciones de trabajo en este paraíso neoliberal.

La muerte, la cárcel, la expulsión, acecha a todo el que no se mete al torbellino (o que no tiene a alguien metido por él). Y el torbellino, que es el mercado laboral y todas las instituciones aquí vigentes, se encarga de aumentar al máximo la intensidad del trabajo. Por esa razón las técnicas de optimización personal (desde el mentix al yoga, pasando por todas las hormonas y terapias que conozcan), se generalizan. No para sustentar la fantasía de un estilo de vida, sino para sustentar el estilo de vida mismo, que dados los cambios estructurales, la modificación general del hábitat que vivimos desde la dictadura, aparece como el único posible.

Y entonces recién tiene razón nuevamente Byung-Chul Han, ahí aparece la gente cansada. Reventada, chata, apestada, con los ojos muertos en el transporte público, soportando apenas el roce constante de un sinnúmero de personas que darían todo por no estar ahí, o por hacer desaparecer al resto. Ninguna semejanza que se quiera hacer a ninguna de las figuras de Kafka, o a Bartleby, o qué sé yo. Lo común, la potencia de esta gente, de nosotrxs, no requiere ningún halo metafísico mayor. Reside en lo que todavía puede un cuerpo. Y los cuerpos, se quiera concebir inmediatamente como ‘cuerpo humano’ o no, necesitan de espacio. No se puede ocupar un espacio sin alterarlo. Luego, conseguir reflexión sobre el espacio que ocupo en el torbellino, implica una interrupción. Es un espacio -a su vez- temporal. Cualquier posibilidad seria, de volver sobre lo que venimos haciendo y modificarlo, implica una pausa. Esto no significa una detención total, sino la inauguración de otro tiempo. Tiempo habitado y discutido. Es necesario que nosotrxs provoquemos la interrupción, es decir, que no la esperemos.

II

En la interrupción de ese ciclo que se desarrolla en el ámbito de la forma mítica del derecho, en la destitución del derecho junto con el poder en el que se apoya (…), es decir, en la destitución de la violencia estatal, se encuentra una época histórica nueva. (Para una crítica a la violencia, Walter Benjamin).

No habría que ir demasiado lejos acá. Habría que partir más bien por una constatación contingente. Existirá Proceso Constituyente en Chile, tenga la forma que tenga. Ahí radica el peligro y la posibilidad. La forma mítica del derecho de la que habla Benjamin, es justamente el ciclo entre “violencia que funda derecho” y “violencia que mantiene el derecho”, o sea, entre poder constituyente y constituido. Uno deviene en el otro. Sin embargo, el Estado no deja de ser violento nunca, y por tanto, no puede cumplir con reivindicaciones revolucionarias.

– Sí, ok, pero necesitamos también saber qué puede haber que no sea Estado ni puro mercado –

Esta duda también obsesiona a Agamben, el filósofo italiano. Y ahí introduce una idea: En lugar de poder constituyente, potencia destituyente. Sin embargo, tampoco habría que ir demasiado lejos. Cómo plantear en un país que tiene una constitución como la nuestra, de plano algo como una pura potencia, es decir, la realización de un nuevo tipo de vida en común.

Sería interesante quizá, intentar algo más humilde: hacer uso de lo que nos sirve.

Hablar, entonces, de una interrupción destituyente.

Deponer el derecho, o destituir la obra como también lo nombra, significa para Agamben y varios otrxs, restituirla a la potencia de la que proviene. Con ello abrirla a otras formas, a otros modos de uso. Se trata en definitiva de la posibilidad de suspender el hábito, o bien dejar que se exprese en tanto potencia y no pura inercia.

Urge decirlo más claramente: Lo primero que hay que destituir son las instituciones de la dictadura. Deponer los dispositivos neoliberales, que se instalan con ella y posibilitan la concreción de esta sociedad tan particular, o dicho de otra forma, de este tan particular modo de dominación.

Destituir esta carta constitucional, para abrir todos los dispositivos neoliberales (educación, salud, vivienda, pensiones, trabajo, etc.) que ella anuda, a otros modos posibles. En donde, por ejemplo, se pueda pensar y desarrollar formas colectivas de resolver problemas colectivos. Y sin embargo, esto no es lo más importante. Sino la interrupción destituyente. El tiempo de un proceso del que no esperamos ningún resultado particular.

Por ejemplo, el 2011 no fue un proceso ‘constituyente’. O sea, no ‘basta’ con lo que de ahí se derivó para decretar la posibilidad de una ‘asamblea constituyente’. Pero asimismo, lo más interesante de este movimiento no estuvo en su resultado, en las reformas educacionales que de ahí dicen derivar. Sino que estuvo en las tomas, y en la red de tomas. Es ese flujo, ese proceso inmanente el único que puede marcar ‘un antes y un después’. Es la experimentación de otras posibilidades, de otra forma de asociarse, de una relación distinta con ‘el poder’, la que constituye un acontecimiento en la manera de comprender la política. Pero eso claramente no bastó.

La interrupción tiene que ser general y sistemática.

III

La potencia de las plazas no estaba para el CI [Comité Invisible] en las asambleas generales, sino en los campamentos, es decir, en la autoorganización de la vida común (infraestructuras, alimentación, guarderías, enfermería, bibliotecas, etc.). A partir de las necesidades inmediatas que iban surgiendo (no desde un plan, un “ante”), coordinando los esfuerzos locales y situados (no desde un centro, ni siquiera democrático), pensando mientras se hacía, lo que se hacía y desde lo que se hacía, en un puñado de días se construyeron decenas de pequeñas ciudades en el corazón mismo de las grandes. No a través de “la” asamblea como espacio soberano, sino de mil prácticas distintas de autoorganización. [Reabrir la cuestión revolucionaria (lectura del Comité Invisible). Amador F. Savater]

Lo aprovechable de lo “constituyente” no estará más en su resultado. Tal como lo dijimos para el caso del 2011 chileno, y como lo dice el Comité Invisible para las acampadas europeas. Lo vital, lo peligroso a los ojos de los faraones, es el experimentar, sentir, habitar la potencia de lo común. No se trata tampoco, para una realidad tan inhóspita como la nuestra, de proponer una fantasía jipi. Se trata de reconocer que lo más interesante de la política del último tiempo, no ha descansado en cúpulas y grandes estrategias, sino en las posibilidades descubiertas por el compartir y hacer en común. Las grandes marchas del 2011 no pueden entenderse sin las tímidas jornadas de reflexión, no como un proceso, sino como un contagio.

Entonces, ante una constituyente que se hará de todas formas, habría que situar la importancia del proceso, como posibilidad de la interrupción y del contagio. ¿Será eso hacerle el juego a los poderosos? Depende de lo que hagamos con el proceso. Se trata de un flujo destituyente, como posibilidad de deponer, es decir, de abrir a nuevos usos todos los dispositivos neoliberales, que hacen en la práctica que el proyecto individual aparezca como el único viable.

Lo importante son las plazas, los colegios, los hospitales, los sitios de trabajo, los edificios, los barrios; no el congreso. Hay que ponerse práctico. Establecer que no es aceptable una constituyente sin interrupción. No una sola huelga general, sino múltiples paros nacionales ‘y reflexivos’. Que se dialogue y se habite el espacio común de otro modo, y que se haga en el “tiempo laboral”, sistemáticamente. Interrumpir los trabajos, las escuelas, los fines de semana, la ‘vacación’.

No dejar reencausar la mera posibilidad de la interrupción, en las vías muertas de la violencia que conserva el derecho. No dejar que Lagos sea estandarte de la Asamblea Constituyente, ni nadie que tenga como meta el ‘resultado’. Sino aprovechar de decretar la interrupción, democratizar la posibilidad de lo común. Fomentar que el sujeto cansado, el neurótico, el deprimido, el medicado, habiten su mundo de otro modo. Tensionar entre todos los límites de nuestras vidas individuales. Hay que insistir: no es que creamos que resultará una ‘gran carta constitucional’, no es que deseemos legitimar el Estado una vez más, no es que creamos que el capitalismo puede mejorarse, humanizarse. La apuesta está en lo inmanente. En el hecho de que la politización que nos interesa está en la práctica y a causa de problemas prácticos y colectivos. Hay que hacer uso del acontecimiento. Aprovechar la posibilidad institucional de la interrupción para sacudir los hábitos, y dejándose afectar por la realidad, actuar con ella finalmente. No imaginar una única y gran asamblea constituyente, sino confiar en la multiplicación de experiencias, y en el contagio. No el qué el cómo. Pues ahí radica la posibilidad efectiva de deponer la constitución actual, y desactivar los dispositivos neoliberales. Es ahí, en ese ejercicio práctico donde se inaugura un nuevo modo de relación con la política, una particular forma de vida: En la destitución del derecho que conocemos y en la creación práctica de nuevas formas de vivir en común, sin fusionarse, sin llegar a ningún fascismo ni a ningún nacionalismo. Si algo de razón tiene Agamben cuando dice que la destitución que libera las potencias para nuevos usos, es la política que viene, entonces, a nosotrxs nos corresponde hacerla llegar.

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