Contra el Reloj: Una critica a la rutina, y a la organización del capitalismo en nuestras vidas

Por Azucena silvestre
Publicado en El Surco Nº 42, Enero-Febrero 2013

reloj

Entre los muchos rituales con los que convivimos hace poco se celebró el de la feliz navidad, una tradición cristiana hibridada con el capitalismo tardío. El paisaje lo conocemos: religión, consumo desenfrenado y challa. A propósito de este festejo me puse a reflexionar en torno a cómo el capitalismo para su reproducción necesita diseñar la sociedad a su manera, y al cómo administra las vidas, organizando tiempos y quehaceres.

Desde que nacemos nuestras vidas están programadas, el reloj nos acompaña noche y día avisándonos de los distintos papeles que nos toca representar. De cierta manera el capitalismo atraviesa nuestra subjetividad y así consideramos como decisiones propias roles asignados por éste, que repetimos y repetimos de tal forma que comienzan a parecer nuestros. ¿Cómo logra esto el poder? Apoyándose en sus mayores instituciones de socialización de la ideología dominante como son la escuela y la familia. Pero además institucionaliza rituales, actos repetidos, fechas significativas, celebraciones, chauvinismo, en las que la masa se entretiene, donde amos y esclavos festejan, donde se olvida y se brinda.

citaAsí va pasando la vida entre el 18, la graduación, la navidad, el año nuevo, el mundial, las elecciones, el 14 de febrero y las vacaciones. El capitalismo para mantenernos entretenidos nos lleva de un evento a otro, algunos más producidos, otros más cotidianos. Nos divierten animándonos a llenar nuestras vidas con objetos y objetivos innecesarios, se nos induce a intoxicarnos de comida en busca de algún placer inmediato, a embriagarnos para olvidar lo insípido de este existir. Así la tragedia de la vida arrebatada se convierte en una condena entretenida, logrando con el espectáculo hacer más tolerable el infame presente. Lo más turbador es el alto éxito de estos macro eventos. Incluso entre libertarios se escuchan palabras a favor -o de cierta justificación- de algunas de estas festividades bajo la argumentación de la resignificación, desde el rito capitalista a una celebración popular. O simplemente se les interpreta como celebraciones inocuas. Es tan potente el arraigo hacia ciertas tradiciones que se limita su cuestionamiento y lo que es más preocupante, a veces se llegan a defender como propias, como algo que te pertenece y forma parte de ti.

Hace pocos días leí algunos argumentos a favor del rito navideño en una discusión en la web, en donde algunos anticapitalistas defendían lo importante que resulta la celebración de la navidad para los niños y las niñas de la población, y cómo esto une a las familias. De ser así que pena. Qué triste que el capitalismo diagrame nuestra vida y nos diga qué desear, qué celebrar, cuando sonreír. Qué triste que las niñas y niños sean seducidos por esta fiebre del consumo en nombre de dios, por este rito muerto, por esta alegría hueca. Qué triste que el poder diga cuando hemos de compartir con nuestra gente. Qué triste es que aún no nos demos cuenta de lo que reproducimos con nuestros actos, e intentemos justificar lo injustificable, defendiendo patéticos lazos afectivos con la esclavitud.

relohAdemás de estos grandes eventos el capitalismo opera marcando nuestros tiempos con quehaceres que se insertan sin ser muy cuestionadas en el diario vivir. Así el reloj del capital nos dice que es la hora de ir a la escuela, más tarde nos indicará que llegó el momento de comenzar a trabajar, incluso cuándo disfrutar del tiempo de ocio. Así observamos el calendario esperando con ansias los 15 días de vacaciones para creerte mochilera intrépida. Después haces un posgrado, los sábados nos curamos, el 25 de diciembre almorzamos con la abuela y el 31 nos vamos a Valpo! Qué falta de originalidad, qué espectáculo tan gris, cuánta igualdad opresiva negadora de las diferencias. El poder necesita de esta unidad total, de este control del caos, ofreciéndonos toda una vida programada, igual, convirtiendo nuestra existencia en un mero trámite entre evento y evento.

No se trata de hacer una apología a la no festividad o a la tristeza (aunque hoy me parezca una opción digna), tampoco de negar toda forma de ritualidad, pero sí intentar cuestionar el origen de algunos de nuestros ritos, preguntarnos qué tenemos que celebrar, qué reproducimos con nuestras prácticas y a quién le reconforta nuestra sonriente esclavitud. En definitiva, cómo dejamos que el capitalismo organice nuestro vivir. No todos bailan felices en esta fiesta. Desde hace tiempo que los y las anarquistas nos expresamos contra esta vida única, contra la programación del existir, intentando boicotear la agenda impuesta por el poder y a su vez creando otras realidades y formas de existencia. Sin embargo no podemos creernos completamente desprendidos de prácticas capitalistas o de relaciones de poder, no podemos escapar del todo de esta realidad, somos hijas e hijos del neoliberalismo, hemos nacido en cautividad, por lo tanto resulta no menos difícil pensar y obrar en plena libertad tras siglos de esclavitud.

No podemos desconocer nuestras distintas renuncias diarias, la contradicción que atraviesan muchas de nuestras decisiones, la esquizofrenia que supone a veces vivir, la incomodidad de reconocer nuestro rol reproductor del statu quo cuando vamos a trabajar, a la universidad, consumimos caprichos alternativos, planificamos nuestras merecidas vacaciones para desconectar, o vamos a cenar a casa por navidad. Como dice un querido compa: “no hay hacía donde huir, vayas donde vayas acabas chocándote con la jaula culia”.

No quiero decir con esto que todo está perdido, considero la acción crítica, rupturista,  transgresora, como un arma eficaz contra estos diques. Apostar por ser más autocríticos, cuestionar constantemente nuestras acciones, nuestras verdades, para empezar a ver que algunas no son tan nuestras como pensábamos. Y esto no es una limitante para reconquistar nuestro presente y futuro, ya que el propio cuestionamiento comporta el abandono de ciertas prácticas y abre posibilidades de nuevos horizontes. Por lo tanto no se trata de huir, ni de repetir lo existente, tampoco de resignificarlo, sino de enfrentarlo y atreverse a diferir, a desertar, a destruir. Ser valientes para emprender una de las más temibles luchas, la batalla contra uno mismo. Muchas veces caemos en caricaturizar al poder o al capitalismo como entes abstractos y malignos, de cierta manera ajenos a uno, obviando que si esta forma de vivir perdura es porque la reproducimos, ¡el capitalismo somos también nosotros y nosotras!

Y mientras sigamos viviendo bajos sus términos, hablando su lenguaje, reproduciendo sus prácticas, mientras continuemos festejando sus ritos, adorando algunas de nuestras  cadenas, no podremos superarlas y desarrollarnos en libertad.

Estoy profundamente convencida de que el vivir puede ser otra cosa. Quizás para poder pensar de otra manera, tendremos que vivir de otra manera, para escapar de la racionalidad del capitalismo tendremos que destruir su proyecto humano civilizatorio: esta vida única. Cuestionar todo lo existente, dudar de lo dado, caminar y autocriticar lo caminado, no buscar la seguridad de la certeza, una mentira cómoda a la que aferrarse, una agónica muerte en calma. No queremos vidas administradas, sino desarrollarnos como seres libres con infinitas posibilidades en todas las direcciones posibles e imposibles. Agitémonos pues con la duda, aliémonos con la inseguridad de lo nuevo, reconozcamos nuestras miserias, bailemos con el error, y disparemos al reloj, detengamos este tiempo del horror

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