Silueta de agitadoras: Carmen Serrano González, Herrera y revolucionaria

Por Uno que vino del Sur.
Publicado en El Surco Nº 42, Enero – Febrero 2013

carmen serranoSon pocas las historias de subversivas que han sido reconstruidas y dadas a conocer. Situación que se explica en parte por la exclusión y minoritaria participación de mujeres en el mundo de la política tradicional en general y en el campo revolucionario en particular; por la ausencia de documentos sobre las mismas; y por la marginación, consciente o inconsciente, de la que han sido objeto, entonces y ahora, por parte de los compañeros e investigadores. Al rescatar la figura de Carmen Serrano González, activa revolucionaria, intentamos aportar un poquito a revertir lo anterior.

Carmen comenzó su participación en las luchas sociales en la segunda década del siglo XX. En esos años se le vio salvando una huelga en el sector de Caleta Abarca, en el puerto de Valparaíso. Sus compañeros llevaban varias jornadas en conflicto y se hallaban desmoralizados y sin fondos. Ella, junto a otras mujeres decidieron entonces salir a las calles a levantar el ánimo y a recaudar fondos para la caja de resistencia. Con la victoria que se derivó del gesto, la Serrano comenzó su pública vida de agitación. Luego de eso debió trasladarse a Santiago en donde participó de las veladas de la Casa del Pueblo, un punto de encuentro cultural y libertario que existió entre 1915 y 1918. El autor teatral Antonio Acevedo Hernández señaló que la conoció allí declamando versos revolucionarios. “Esa gente –decía el dramaturgo autodidacta- no tenía ambiciones definidas; sus ideas eran raras y estaban informadas dentro del deseo utópico, y por utópico bello, de la patria universal sin amos ni criados, donde el amor es una razón de la vida y donde todos lo alcanzan”. Carmen Serrano era herrera. Sabía muy bien ella que no era esa una labor “propia de su sexo”. Y lo apuntaba con orgullo.

Pronto esta mujer se ganó “su sitio” entre los elementos de avanzada de la región chilena. Dado que era muy activa, y muy viajera, seguirle la pista con precisión es bien complicado. Diversas fuentes indican que desarrolló una labor muy rica entre el mundo laboral que convergía en los yacimientos de cobre y carbón de la zona centro y sur del país. Sobre todo fue muy conocida su participación en las huelgas de El Teniente (cerca de Rancagua) en noviembre de 1919, y en Lota y Coronel en 1920 y 1921. En una reunión de los IWW de la capital, el 4 de junio del año veinte, por ejemplo, se informó que Carmen Serrano, “la misma agitadora del Mineral El Teniente” era “la que llevaba las comunicaciones de Concepción y disfrazada se introducía al interior de las minas para levantar a los trabajadores”. “Me perseguían por todas partes –recordó años más tarde la protagonista-, pero yo me trasladaba disfrazada a Curanilahue y Laraquete, a veces para que no me encontraran me escondía en la arena. Y hablaba donde no me esperaban”. Y así seguía haciendo giras de organización y propaganda al sur y otras regiones. Naturalmente conoció bien la cárcel. En Santiago fue recluida en la Casa Correccional de Mujeres.

Sin embargo, para varios hombres comunistas y aún anarquistas, la activa vida de Carmen no era una realidad agradable. Dominaba en ellos todavía los viejos valores autoritarios. Por lo mismo comenzaron a desprestigiarla sigilosamente. Eso la dañó anímicamente. Su paso por las cárceles además la debilitó para ejercer su querido oficio. Tuvo que hacerse costurera, y no sin desgano. Afín a las ideas del amor libre decidió separarse de su tranquilo compañero. Cuestión que fue regañada en una asamblea del partido “revolucionario” de su pareja, presumiblemente el Partido Comunista. Carmen se reveló allí y declaró que “se reía de los hombres que luchaban con la sociedad para liberarla de prejuicios y de todo daño”. Era, en el fondo, un ataque a la hipocresía de aquellos que se hacían llamar revolucionarios mientras relegaban a la mujer a las labores hogareñas. Según Acevedo Hernández, salió “triunfante, pero deshecha”. Años después se recluyó en su casa y pequeño taller, en donde acompañada de una porfiada tos, escondida tras su máquina de coser, y olvidada de sus antiguos camaradas, recordaba nostálgica sus viejas luchas. Perdemos su pista en 1926. Ignoramos cuándo nació y cuándo murió.

Pero desde hoy, intentaremos estudiar su ejemplo•

Referencia principal: 
Antonio Acevedo Hernández, “La Novela de una luchadora obrera”, Revista Sucesos, Valparaíso, 14 de enero 1926

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