[Entrevista] Tolstoi: “Una constitución no puede mejorar las cosas, no puede traernos la libertad”

Entrevista a León Nikoláievich Tolstói, entrevistado por Harold Williams publicado en The Manchester Guardian, 9 de febrero de 1905

Extraído de libro “Las Grandes entrevistas de la historia (1859-1992)
Edición de Christopher Silverter (páginas 186 – 194)

tolstoi

Tolstoi anda con paso rápido, pero ligeramente inclinado. No ha abandonado su hábito de ejercitarse vigorosamente. Pasa casi todas las tardes cabalgando o caminando y en los momentos libres en que permanece en la casa juega con su hija a juegos de pala o de raqueta o se entretiene sólo con la pelota. Su salud es excelente, aunque un doctor que vive en la casa me aseguró que era muy propenso a los resfriados. Está tan convencido como siempre del valor de seguir una dieta vegetariana y comentó con gran aprobación los trabajos del doctor Haig y los éxitos de los deportistas vegetarianos en Inglaterra.

Por lo que se refiere a su trabajo, me resultó bastante decepcionante enterarme de que la novela de la que tanto se había oído hablar recientemente ha sido abandonada de momento y puede que nunca vea la luz. (…)

En la mañana de mi llegada completó un artículo sobre el tema que pronto será publicado por la prensa inglesa. Actualmente trabaja sobre un panfleto en el que expondrá de nuevo sus opiniones sobre el Estado y la actividad política en general.


 Naturalmente, nuestra conversación se inició con el movimiento constitucional. La opinión de Tolstoi sobre el mismo era muy concisa.

—Es
 peligroso —declaró—, e inútil, ya que aleja las actividades de los hombres del verdadero camino. Una constitución no puede mejorar las cosas, no puede traernos la libertad. Todos los gobiernos se mantienen en el poder por medio de la violencia o con la amenaza de la violencia, y la violencia es contraria a la libertad. Un hombre sólo es libre cuando nadie puede forzarle a hacer aquello que cree que está mal. El camino correcto a seguir por los hombres es abstenerse de toda participación en los actos del Gobierno, negarse a servir en el ejército, negarse a aceptar cargos dependientes de la administración y hacer el bien día a día y siempre.

La agitación en pro de una constitución sólo puede conducir a falsos resultados. Le interesó mucho tener noticias de los recientes acontecimientos de San Petersburgo y se mostró especialmente impaciente por saber más acerca del padre Gapon. Existía un vínculo entre él y el líder de los trabajadores, dado el hecho de que Fainermann, uno de los maestros de Gapon en el seminario, era amigo y discípulo de Tolstoi, y tan sólo unos días antes, éste había recibido una carta de Fainermann en la que describía sus relaciones con Gapon. Deploró la masacre y se mostró horrorizado al conocer los detalles, pero declaró que no se podía esperar otra cosa del Gobierno, que sólo podía mantenerse por medio de la violencia.

— ¿Entonces cree usted —pregunté— que fue la agitación entre los  trabajadores la responsable de este resultado?

—No, no —exclamó él—. Yo no iría tan lejos. Sólo digo que todo el movimiento en favor de una constitución es un movimiento en la dirección errónea. El pueblo no quiere una constitución y aquellos que recurren a la agitación en favor de ella no conocen al pueblo. Por mucho que profesen amar al pueblo, en realidad el pueblo no les preocupa; simplemente le desprecian. El pueblo sólo quiere una cosa, es decir, tierras. ¿Ha leído los trabajos de Henry George?

Y es que Tolstoi, a pesar de su aborrecimiento hacia los métodos políticos, es un gran admirador de Henry George. Me interrogó a fondo acerca de la medida en que las teorías de éste habían sido puestas en práctica en Nueva Zelanda. No fue más que un ejemplo de la inconsistencia aparentemente irreconciliable entre las vertientes teórica y práctica de su naturaleza.Volviendo al tema de la agitación constitucionalista, observó:

Creo que la mejor salida sería una Zemsky Sobor (Asamblea de Representantes de los zemtsvos).

—¿Pero cómo —pregunté— reconcilia usted eso con lo que dice sobre lo erróneo de todos los sistemas políticos?

—Oh —respondió— sólo quiero decir que el emperador actúa estúpidamente, desde el punto de vista de sus propios intereses, al no convocar el Zemsky Sobor. —Añadió que su hijo mayor había escrito al emperador solicitándoselo y que un amigo suyo de Nijni Novgorod había redactado un proyecto en este sentido del que habló en términos muy laudatorios.

No estaba dispuesto a admitir que la forma de gobierno prevaleciente en un país pudiera introducir ninguna diferencia esencial en la vida de sus ciudadanos.

—¿No cree —pregunté—que es mejor vivir, digamos, bajo el sistema político inglés que bajo el ruso? Fíjese en el sistema de pasaportes que impera aquí, por ejemplo; en la censura, y en el destierro de los condenados políticos.

—La situación no es ni un ápice mejor en Inglaterra —declaró con firmeza—. Allá donde haya violencia el pueblo se ve privado de libertad. Sin ir más lejos, mi amigo Tchertkoff, que vive en las afueras de la ciudad de Christchurch, se ve obligado a pagar un impuesto empleado para el mantenimiento de una banda que toca en el interior de la ciudad y que, personalmente, preferirían o tener que escuchar jamás. Por lo que se refiere al destierro, eso es algo que afecta al hombre muy poco. Yo llevo veinte años esperando el destierro, y si llegara, no me alteraría en absoluto. El destierro no puede impedir a un hombre vivir una vida auténtica. ¡Y la libertad de la prensa! ¿Necesita el pueblo de la libertad de prensa? Estos caballeros pueden tener libertad de prensa, si así lo desean, para airear sus propios puntos de vista, pero eso es una cuestión menor.

Habría que decir aquí que el propio Tolstoi sufre intensamente los efectos de la censura. Incluso un escritor tan distinguido como él no se ve libre de la indignidad de que muchos pasajes de los libros y periódicos que le envían del extranjero aparezcan tachados. Y la existencia de la censura le impide recibir copias de muchos de sus propios libros publicados en Inglaterra o Alemania. Habló de las huelgas y dijo que la más eficaz sería la de aquellos que abastecen al país de pan. Mencioné un informe que había oído en Moscú en el sentido de que los médicos delos distritos rurales tenían la intención de declararse en huelga.

—Tanto mejor —dijo Tolstoi con una sonrisa.

—Pero en ese caso —respondí—,todos los campesinos se quedarán sin atención médica.

—Mejor que mejor —declaró él—. Hace cuarenta o cincuenta años, cuando yo era joven, no había médicos entre los campesinos, y ellos se apañaban muy bien sin ellos. No, la enfermedad no es un mal; la muerte no es un mal. El mal es que los hombres actúan equivocadamente.

Esa noche, tras la cena, pasamos por alto el espinoso terreno de la política y Tolstoi empezó a hablar de temas que le afectan más de cerca. Charlando acerca de la elección de una profesión, dijo que su modo de vida es el resultado de dos fuerzas opuestas:su propio esfuerzo por alcanzar el ideal y la inercia de su pasado. (…)

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