[Historia del anarquismo peruano] ¿Quién era Delfín Lévano?

César Lévano
Director

Extraído del Diario UNO, 9 de agosto del 2015
Saludamos a los compañeros de Perú Libertario que compartieron la noticia

El siguiente texto fue publicado originalmente en la revista Caretas Nº 395, marzo de 1969. Con su sentido histórico y social, Doris Gibson me dijo un día: “¿Por qué no escribe usted un artículo sobre su padre que se titule: ¿Quién era Delfín Lévano?” Debo, pues, gratitud a esa gran mujer. El texto recuerda una etapa del sindicalismo peruano, hoy reprimido, excluido y diezmado por el neoliberalismo de los Fujimori, García y Ollanta Humala, y que, sin embargo, lucha.

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Luis Alberto Sánchez pinta a Delfín Lévano como un dirigente textil (en su libro Haya de la Torre y el Apra). Felipe Cossío del Pomar (en Víctor Raúl) lo describe como un discípulo de Haya en la Universidad Popular González Prada, y distingue a este Lévano de “Lévano, el obrero”. La revista Así acaba de referirse a “los hermanos Lévano” como dirigentes del grupo anarcosindicalista “La Protesta” que conquistara la jornada de 8 horas en el Perú. 

Por su parte, Haya escribió en artículo publicado en la revista Apra el 22 de febrero de 1946: “Un pequeño y dinámico grupo de buenos combatientes orientó educadoramente al movimiento obrero. Recordaré solo, entre los muertos, a algunos de aquellos cuyo conocimiento y amistad fue para mí ilustre estímulo: Delfín Lévano, que era una de las cabezas del anarcosindicalismo aquí, como el viejo Reynaga en Trujillo; Adalberto Fonkén, mi gran compañero y colaborador, el tejedor Elmore, Pablo León y otros, se alineaban en torno del intransigente grupo “La Protesta”.

¿Quién era, pues, Delfín Lévano? Tal pregunta parece habérsela formulado muchas personas. Sobre todo, a raíz de la romería a su tumba que, como todos los años, se realizó el Primero de Mayo.

El patriarca
El cielo de Lima, ha escrito Basadre, solo con el siglo XX se tiñó de humo de fábrica. Mi abuelo, Manuel Caracciolo Lévano, padre de Delfín, había sido guerrillero de Cáceres y pierolista de lucha armada. Había nacido de familia campesina de Lurín, al pie de Pachacamac. Al despertar la centuria, era panadero en Lima y ya no creía en Piérola. “Ha sido un engaño para los trabajadores”, escribió en su diario.

Poco después se hacía anarquista, sacudido por la prédica de Manuel González Prada. Rechazaba con ello todo partido político. Creía en que una organización sindical vigorosa, revolucionariamente orientada, podía tumbar, por medio de una huelga general, el capitalismo.

En mayo de 1905, el periódico Los Parias informó de algo insólito: “Por primera vez en esta tierra, el 1° de mayo desfilaron ante las autoridades absortas centenares de parias cobijados bajo el estandarte rojo”. El organizador de este desfile en memoria de los inocentes ahorcados en Chicago había sido Manuel Caracciolo Lévano.

“La Prensa” publicó una crónica completa de los sucesos de ese día. En la mañana se había efectuado una romería a la tumba de Florencio Aliaga, obrero del Callao muerto el 19 de mayo de 1904, durante una huelga por las 8 horas y otros puntos, llevada a cabo por portuarios, metalúrgicos y ferroviarios del puerto. “Por tren extraordinario, decía la edición vespertina del diario de Baquíjano, se dirigieron los obreros limeños al Callao en número de cuatrocientos o poco menos”. Previamente, se habían congregado, “presididos por el señor Caracciolo Lévano”, en la estación de San Juan de Dios (más tarde plaza San Martín).

En la tarde del mismo Primero de Mayo de 1905 hubo un acto solemne. Allí, González Prada pronunció su discurso hoy célebre sobre “El intelectual y el obrero”, en que llama a los intelectuales a ser, no lazarillos, sino compañeros de lucha del trabajador. Luego Manuel Caracciolo Lévano disertó sobre “Lo que son y lo que debieran ser los gremios obreros”. Ambos discursos fueron publicados íntegramente en el diario “La Prensa” al día siguiente.

Vibraban aún en el cable internacional las noticias sobre el sangriento “Domingo Rojo” en la Rusia Zarista. Ello explica por qué el discurso del panadero peruano, que llamó a luchar por la jornada de ocho horas, terminó con estas palabras: “¡que lo que hoy hacen los esclavos de la Rusia lo hagan mañana los esclavos del Perú!”.

Los modernos parias
El obrero era entonces un verdadero paria en el país. En la fábrica de tejidos de Vitarte, por ejemplo, “se trabajaba de las siete de la mañana a las diez de la noche; otros días de siete de la mañana a nueve de la noche”. Así nos lo precisó alguna vez Luis Felipe Grillo, uno de los precursores de la lucha obrera.

Un capataz de fábrica tenía poder de decisión –o de puntapié– para lanzar al despido a quien quisiese. No existían indemnizaciones de ningún tipo.

Luis Miró Quesada escribía en su tesis de 1905 para optar el grado de Doctor en Derecho: “Opino que en el Perú no es necesario limitar a 9 horas la duración del trabajo como lo hace el proyecto del Dr. (José Matías) Manzanilla… puede sostenerse que no trabaja aquí el operario de modo tan excesivo que pudiera peligrar su salud”.

Este panorama explica por qué el patriarca sindical Manuel Caracciolo Lévano pudo decir en aquella noche tremante: “Si nadie, absolutamente nadie, se preocupa de nuestro bienestar, si las añejas doctrinas de la política conservadora no congenian con nuestros generosos sentimientos y propósitos regeneradores; si solo las ideas libertarias son las que convienen a nuestros intereses, aspiraciones y derechos, agrupémonos, pues, todos los obreros bajo el lábaro rojo Restaurador de la Libertad de las Libertades”.

Sobre ese discurso, sobre esa clase social, sobre esa época, se proyectaba la sombra de un gran limeño. Cierto que era el hombre más culto de Lima, y que tenía un corazón muy puro; era el aristócrata, adinerado y rubio Manuel González Prada. En mi infancia paupérrima escuché de labios de gentes humildes historias sobre las visitas del gran viejo a la casa de mi padre, en un humilde “solar” del jirón Mapiri. No era un retórico ese gran maestro.

El otro Lévano
Al comenzar el siglo, el bajo pueblo de Lima no conocía más organización propia que las sociedades mutualistas. Estas servían solo, en la definición lapidaria de Manuel Caracciolo, “para auxiliar enfermos y sepultar muertos”. El mérito del primer Lévano del movimiento obrero consiste en haber orientado a sus hermanos de clase hacia la organización moderna, de tipo sindical. Predicó con el ejemplo, antes de 1905, al dar a la Federación de Obreros Panaderos “Estrella del Perú”, cuyo presidente era, una finalidad y una estructura sindicales. En la primera directiva de la remozada entidad, ese año de 1905, figuraba un mozo de anchos hombros como de nadador. Era Delfín Lévano, de 19 años de edad, hijo amado de Manuel Caracciolo.

En adelante, los nombres de los dos Lévano iban a marchar unidos en la lucha, hasta el punto de generar confusiones. Ambos desplegaron, a lo largo de varios lustros, energía física, coraje, inteligencia y abnegación. Mi padre, a pesar de los horarios nocturnos de diez o doce horas en las panaderías, se daba traza para organizar, orientar, escribir artículos, pararlos luego a tipo, dirigir durante años La Protesta, a veces semanario, agitar, organizar, escribir poesías y obras de teatro (poseo una: Mama Pacha) y dirigir el Centro Musical Obrero. Claro está que no bebía alcohol y no fumaba. Por eso, sin duda, tenía tiempo para hacer a sus hijos panecillos con formas de manos o caras; o para pasearlos a hombros en el zoológico.

Cien veces apresados y torturados, mil veces perseguidos, parecían no conocer la fatiga –aparte de ignorar el miedo. Más tarde, en los años de la primera guerra mundial, se iban a incorporar a la lucha otros elementos notables. Entre ellos, Nicolás Gutarra, muerto en los Estados Unidos, y Adalberto Fonkén, que se hizo aprista y se suicidó en Trujillo allá por los años treinta.

Haya y las ocho horas
No fue una charla de café la lucha obrera, en particular por las ocho horas. En su transcurso, hubo matanzas como la de Chicama, en 1912, en que murieron 500 obreros del azúcar. Allá quien orientaba era Julio Reynaga, “el negro Reynaga”, un mulato que tenía la virtud de ser músico, leer mucho y enarbolar la bandera roja cada Primero de Mayo. Y que estaba conectado con los luchadores de La Protesta.

En Huacho, centro de proletariado agrícola que mi padre visitó a menudo, hubo una gran huelga en varias haciendas. Pedían aumento de salarios y jornada de ocho horas. Con astucia popular, los trabajadores organizaron en esa ciudad un desfile de sus esposas e hijos. Deseaban reclamar pacíficamente y eludir la represión. Calcularon mal. La Fuerza del Estado –1500 soldados, según una crónica– aplicó sable, metralla y bayoneta. Unas 150 mujeres fueron muertas. Fue el 2 de setiembre de 1916.

Innumerables fueron en Lima las acciones represivas de la fuerza pública.
Debe quedar claro que en esta lucha los obreros estuvieron prácticamente solos. Se hace figurar a Haya de la Torre como el arquitecto de las ocho horas. No es cierto. En el paro de enero de 1919, paro acordado desde diciembre de 1918 por los trabajadores, su intervención fue casual y tangencial. Fueron los obreros los que invitaron, ya en paro, a los estudiantes a acudir a sus asambleas. Algo más: Haya y sus compañeros, como consta en los diarios de la época, propusieron aceptar un horario de nueve horas: ocho con el salario anterior, una más con pago extra. Hombres como Delfín Lévano, que dirigían desde su escondite la lucha, paralizaron la propuesta. Lo que sí es exacto es que Haya se acercó desde aquel paro al movimiento obrero.

La honradez y la pureza
Desde 1930 hasta 1941, año de su muerte, Delfín Lévano estuvo postrado en un lecho de inválido. Consecuencia de la última tortura que sufrió, en los días finales del oncenio de Leguía. Se le había tenido secuestrado varias semanas. “Lo hemos desterrado al Japón”, decían a mi madre. Una huelga obrera obligó a que lo libertaran. Pero lo que retornó al hogar fue una masa morada y tinta en sangre, un ser hinchado que ya no podía caminar.

Una vez, en 1939, fueron a visitarle a su cuartucho de madera, en Lince, dos personajes. Uno era el comandante de la Marina Alfonso Vásquez Lapeyre, que se había apartado del aprismo para apoyar la candidatura presidencial de Manuel Prado. El otro, José Cristóbal Castro, aspirante a diputado en la misma ocasión. Este último había sido batallador líder portuario. Solo una cosa pedían a mi padre: que entregara su colección de periódicos obreros (La Protesta, Los Parias, Los Oprimidos, Armonía Social, etc.) a una Exposición de la Prensa Peruana. A cambio, le darían becas para sus tres hijos que bastante las necesitábamos. La respuesta fue serena: “Esos periódicos no me pertenecen. Son de los trabajadores. Yo no puedo negociar con ellos en beneficio de mis hijos”. Yo era un niño, y no conocía la respuesta que Prometeo, encadenado a las rocas, dirigió a Hermes, mensajero de Zeus: “No trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio”.

Una vez, mi padre leyó a varios amigos un escrito mío. Eran versos de un muchachito que ya a los siete años había sabido lo que es ganarse el pan con el sudor de su frente. “¡Este chico va a ser un gran anarquista!”, exclamó un compañero. Mi padre replicó: “¿Por qué? ¿Quién puede decirlo? Yo no le voy a imponer mis ideas”. Aquel día comprendí su grandeza moral.

Era básico en él ese respeto por lo demás. En 1921, se realizó el Primer Congreso Local Obrero organizado por la Federación Obrera Regional Peruana, de tendencia anarcosindicalista. Delfín Lévano fue elegido secretario general del Congreso. Se discutió sobre la necesidad de que el certamen se pronunciase en pro del comunismo anárquico. Al final, él se levantó para proclamar su convicción a favor; pero precisar que “a nombre de los obreros panaderos, no puedo pronunciarme ni a favor ni en contra, por cuanto no he sido facultado para ello”. El texto fue recogido en El Proletariado, órgano de la F.O.R.P. de mayo de 1921.

Pienso que el caudal de experiencia, no solo de los Lévano, sino de todos los dirigentes y la masa obrera de ese tiempo; que el temple moral de ellos, es lo que explican a un José Carlos Mariátegui, cristalización y desarrollo genial de una época.

Muerte sin transfiguración
Delfín Lévano murió en setiembre de 1941, a los 56 años de edad. Antes que él y trabajando por mantener a su hijo y sus nietos, a los 76 años de edad, había muerto Manuel.

Murió Delfín en un asilo para pobres de Barrios Altos. Solo mi hermana menor y yo estábamos a esa hora a su lado. Era un mediodía de primavera. Él tenía el rostro rosado y los ojos limpios de los hombres puros, y una serenidad sobrehumana. Una monja le pidió que se confesase. Con voz tranquila, él le dijo: “No voy a confesarme. Nunca he hecho mal a nadie. Todo lo contrario. Si Dios existe, no tengo nada que temer”. Se puso loca la monja. Gritó. Ejecutó, en medio de la sala, una danza histérica. Un corazón viril y tierno había cesado de latir. Después, una inmensa multitud despidió a ese hombre que había demostrado la capacidad de energía creadora, conciencia, coraje y cultura que palpita en el gran corazón de los trabajadores.

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