“HIJOS DEL PUEBLO: TRADICIÓN Y PALABRA ANARQUISTA”

Por Ulises Verbenas
Extraído de Editorial Eleuterio

Son evidentes los giros que ha dado la sociedad contemporánea durante las últimas décadas. Entre quienes nos identificamos con los principios anarquistas y hacemos de esta afinidad una gimnasia de permanente descubrimiento intelectual y creativo, no podemos desconocer que aquel momento que definimos como la génesis del anarquismo se encuentra muy distante de nuestro contexto actual.

Brveve-860x280Si no fuera porque las preguntas que formularon los anarquistas hace más de cien años son transhistóricas y los males que criticaron en el seno de la sociedad moderna han perdurado gracias al desarrollo del capitalismo y la servidumbre, sería muy probable que su ideario estuviera prácticamente extinto en la actualidad. Pero no nos engañemos tampoco. Cierto es que aquellos que actualmente se autodenominan anarquistas se encuentran a años luz de aquellos espíritus que se identificaron con el ideal a comienzos de siglo XX. No se trata de idealizar, estamos intentando evitar el autoengaño. Se trata, sencillamente, de reconocer cómo se ha deteriorado la condición humana en general y cómo esto ha afectado el despertar de la proyección anarquista.

hijos del puebloBastaría imaginar algunas situaciones específicas: Los hermanos Onésimo y Eliseo Reclus, ¿cómo hubiesen escrito su magna Nueva Geografía Universal en tiempos de Google Earth? Y el colorín Miguel Bakunin, ¿qué habría pensado del internacionalismo ácrata con las redes sociales y el uso del correo electrónico? Sí, son reflexiones superfluas, pero sucede que no podemos comparar la enorme labor que geógrafos como Pedro Kropotkin y Eliseo Reclus realizaban al conformar redes de científicos colaborando mancomunadamente en la construcción del conocimiento sin propósitos académicos, ni tampoco podemos encontrar muchos puentes entre aquella mítica “etapa carbonaria” en que los y las anarquistas escribían constantemente cartas para comunicar sus reflexiones e informar de las contingencias locales (¿Saben cuántas cartas escribió Bakunin? Debe ser imposible contarlas todas) con los anarquistas actuales que pueden enviar e-mails con copia a todos los grupos anarquistas del globo suponiendo que ello es internacionalista.

El punto es que el siglo XX fue vertiginoso, no sólo por sus guerras mundiales y totalitarismos, sino también por el acelerado desarrollo de la técnica gracias, en parte, a la Teoría General de la Relatividad que influyó en las comunicaciones, el armamentismo y la sorprendente conquista y descubrimiento del espacio sideral. Todo esto provocó cambios fundamentales en nuestras sociedades: es imposible negar que la aparición de la luz artificial, la distribución de aparatos electrónicos en todos los hogares, la interconexión de gran parte del planeta y el valor de la competencia aplicado a casi todas las esferas de la vida, afectaron tanto nuestras capacidades cognitivas como la sociabilidad que caracterizó gran parte de la historia de la humanidad.

Por eso pensamos: ¡Cuán lejos estamos de aquella genialidad del pensamiento! En nuestros días, la capacidad de concentración es cada vez más nula, pues nos encontramos estimulados constantemente por múltiples imágenes, mientras somos bombardeados por información que nosotros mismos deseamos recibir en las redes sociales, la televisión, la mensajería instantánea, el correo y que nuestra mente, media aturdida, busca dónde guardar.

Se salta de un lado a otro, buscando la distracción en algún videojuego portátil o en banalidades de Internet para evitar el contacto con los demás y, por supuesto, con uno mismo y su pensamiento. Se naturaliza la existencia de cámaras de vigilancia y del aire contaminado, y se acostumbra uno a la soledad del trabajo y a la distribución de la semana en cinco días para trabajar y dos para descansar (¿Quién diablos distribuyó el calendario de occidente?).

Portada Hijos del Pueblo

Por eso llama la atención tareas que realizan proyectos como Editorial Eleuterio. La sustancia de su oficio es la palabra. El producto que elaboran es una invención del lenguaje. Los frutos que nacen son objetos entre los objetos, imagen entre las miles de imágenes que rodean nuestro entorno, a saber, los libros. Algunos podrían señalar que el movimiento que han realizado es absolutamente retrógrado. Tienen razón, lamentablemente tienen razón. El bombardeo informativo que se recibe a diario no permite percibir cómo pasa el tiempo, cómo nos arrastra en un presente que huye y que no alcanzamos a ver porque siempre hay asuntos vacíos que resolver. Y el libro, la lectura, actividad de unos pocos, nos abstrae y nos traslada a otras realidades, donde el tiempo acontece de otra forma, ni más lento, ni más rápido, pues, como sabemos, es relativo a cada percepción.

Específicamente, ahora han lanzado una obra de teatro que, más allá de su contenido militante, nos entrega enseñanzas fundamentales sobre la forma de la palabra y su relación con nuestro espíritu. Por un lado, es dramaturgia. Esto significa que su lectura no es solitaria. Supone una relación con los otros: Si es un monólogo, quien declama sabe que hay otro en algún lugar; si es un acto con más interlocutores, el conflicto viaja entre todos a través del diálogo, tocándonos a nosotros, que somos interpelados por los tonos y las exclamaciones. Rodolfo González Pacheco, de hecho, señalaba que el poeta escénico es, de todos los artistas, el que necesita menos intelectualismo y más entrañas, y que por esta razón el teatro es el arte que tiene más arraigo en el pueblo. Por otro lado, en el fondo, la obra en cuestión, “Hijos del Pueblo”, es una oda al canto, que en este caso refiere al himno que lleva el mismo nombre y que unió las voluntades de miles de trabajadores y trabajadoras a lo largo del globo. Escrita en 1885, esta canción, pese a sus modificaciones, es un canto para despertar la lucha contra la servidumbre: “antes que esclavo, prefiere morir”. El canto, la melodía, tiene un poder mucho mayor que un libro, que un discurso, que un sermón o que una símbolo. Las vibraciones de la música cubren el cuerpo, causan sensaciones físicas que nada tienen que ver con la razón. Podría ser un asunto atómico: Si la teoría de las cuerdas es cierta, en el fondo de la materia no hay masa, sino vibraciones, pulsos que permiten el movimiento de las partículas.

Estos detalles, aunque sean mínimos, explican el motivo por el cual los anarquistas gustaron tanto del teatro. En Chile, de hecho, “Hijos del Pueblo” fue la segunda obra que más teatralizaron. La primera fue “El primero de mayo”, de Pietro Gori. Ambas obras son sencillas, muy breves, dispuestas a cumplir su propósito primordial: ser llevadas a escena para relacionarnos mediante la palabra, los gestos y los asuntos que nos urgen.

No, no es adoctrinar. Es crear sociabilidad. “Hijos del Pueblo” nos recuerda un gesto esencial de la tradición anarquista, sin duda perdido en el triste devenir de los últimos tiempos. Y lo fortalecen superando el simple formato del libro. La obra será puesta en escena, nuevamente, por la Compañía de Teatro Fresa Salvaje. Esperemos que sea más de una función, y esperemos, más aún, que no sean los únicos en traer obras de estas características a nuestros días, vidas y lugares.

Por la palabra y sus vibraciones. Salud.

Ulises Verbenas,

Cordillera de Los Andes, diciembre de 2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s