La Idea y su tránsito a traves de los tiempos

Extraído de la  editorial Revista Erosión Nº5, realizada por el Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas

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“Somos ingobernables. El único amo propicio para
nosotros es el Relámpago, que tan pronto
nos ilumina como nos parte en dos.”
René Char.

anarquia atraves de los tiempos
Entre las múltiples formas que se han inventado para denominar a los principios anarquistas, ha prevalecido una en particular: La Idea. Concepto permanentemente pronunciado en la propaganda y literatura anarquista, su raíz se haya en el verbo eidō (εἴδω) del antiguo vocablo griego, cuya traducción sería mirar, reconocer, hacerse visible. Para los antiguos griegos existían dos modos para referirse a las ideas: como eidos (εἴδος), cuyo significado es vista, visión, aspecto, incluso, hermosura, naturaleza; o como idéa (ἰδέα), que se traduce como aspecto, apariencia o como modo de ser, arquetipo, forma ideal. En pocas palabras, las ideas no sólo se originan en función de las imágenes y conceptos que asimilan nuestras vidas a través de la experiencia y nuestros sentidos, sino también en lo aparente e inmaterial, en aquello que existe gracias al lenguaje y la imaginación, madurando en el intelecto y el diálogo social. Por ejemplo, la lógica que utilizó Etienne de La Boétie para plantear el problema de la servidumbre: si nuestra sociedad es una sociedad de la servidumbre, entonces existió una contrapartida sin tiranos ni policías, sin amos ni esclavos. Esto, porque la Naturaleza es justa y de su seno no nace lo desigual, no nacen algunos para mandar y otros para obedecer. Los humanos poseemos rasgos similares para relacionarnos, para comunicarnos y cultivar la amistad. Ser hermanos, colaborar para nuestra felicidad común.

Por ello, para La Boétie la sociedad de la servidumbre es histórica: posee una génesis y, por ende, una muerte. Esto, sabemos, lo prueban algunos grupos indígenas cuyas costumbres, pese al devenir de los últimos siglos, sostuvieron una sociedad sin Estado, demostrando un manejo acabado de una economía igualitaria y careciendo absolutamente de cualquier relación de mando y obediencia.Este deslizamiento lógico no supone un retorno a las cavernas, al paraíso originario que Ovidio cantó al comienzo de su Metamorfosis. Su función es, sencillamente, instalar la noción de que la división social, el principio de obediencia y la práctica de la dominación no son propias de la naturaleza, sino más bien accidentes letales de ésta. Siguiendo este razonamiento, cabe preguntarse: ¿Cuál es el destino de estos accidentes? ¿En qué decanta aquello que se divide? ¿Hay posibilidades de enfrentarnos a las consecuencias del accidente o estamos destinados a perecer a causa de una sociedad convencida en que obedecer es propio de sus vidas?

Las múltiples formas de responder es lo que anima la imaginación anarquista y explica, a su vez, la razón por la que se denomina al anarquismo como La Idea. Ciertamente, es un singular modo para nombrar a este dinámico conjunto de reflexiones morales y políticas que varían espacial y temporalmente, pero no cabe duda que es claro para comprender la forma en que actúa en la mente de cada individuo. Por un lado, porque la interpretación del anarquismo es individual. Cada persona aplica y comprende estos principios a su modo. De hecho, en el Grupo de Estudios Gómez Rojas realizamos el ejercicio de reunir 101 definiciones y contradefiniciones del anarquismo, reuniendo este diverso compendio en un libro que publicó Editorial Eleuterio. Claro está que cuando editamos el libro contábamos con más de 200 definiciones. Esto, sin duda, es su fuerza vital, pues no es un dogma ni una óptica cerrada sobre el mundo y la moral. Por otro lado, porque el anarquismo es eminentemente utópico. Hace referencia a algo que no está, pero cuya existencia no es puesta en duda, en tanto el sólo hecho de mencionarlo e instalarlo como punto lejano de nuestro ideal es lo que otorga su potencia y posibilidad de ser. El imaginario social no puede alimentarse sólo de la experiencia histórica, ya que la sociedad es más antigua que la historia y, por supuesto, que la vida humana. En otras palabras, el testimonio de nuestra historia, que se desarrolló junto a la escritura y la memoria de quienes buscan conquistar el Poder, no es suficiente para comprendernos. Existen otros impulsos fuera de esta esfera que se pretende exacta. Por eso las ideas anarquistas son tan antiguas como la idea de gobierno. Carecen de un nacimiento único, haciéndose visibles cuando las divisiones se acentúan. Esto explica, por ejemplo, sus más recientes formas, específicamente en el siglo XVIII  y XIX como contrapartida al desarrollo del capitalismo y, luego, con la globalización y la acumulación de riquezas que han acompañado al modelo neoliberal en el siglo XX y XXI. Sin embargo, podríamos retroceder y hallar incontables experiencias anarquistas a lo largo de los tiempos.

Según Rafael Barrett, siguiendo el ideal más lejano encontraremos el camino más corto.

Rafael Barret    (1876-1910)

Esto marca la diferencia entre el quehacer anarquista y el modo en que opera la política tradicional, que reforma tras reforma nos hace creer que se alcanzará un modo de vida ideal para la comunidad en su conjunto. El camino que nos ofrece la democracia no tiene horizonte. Es estéril, limita las posibilidades de nuestro porvenir. La Idea, por lo tanto, no tiene relación con esa básica dicotomía entre materialistas e idealistas, donde unos se creen más concretos y racionales que otros. La Idea apela a ese despertar curioso que escudriña el desarrollo de la libertad en el cuerpo social. Supone que el Estado, en tanto estructura de la división entre lo político y lo social, se sostiene en la creencia de que es necesario e ineludible para mantenernos a salvo de nosotros mismos. En la medida en que este concepto pierda valor, su desaparición será efectiva.

Por esto el anarquismo, antes que una certidumbre es un experimento, una idea que se pone en tensión en lo inmediato, no viviendo en comunidades apartadas ni creyéndose iluminado en la masa adormecida por el consumo y el trabajo, ni mucho menos tomando a la autoridad (sin importar la forma que tenga) como único enemigo que debemos derribar violentamente para fundar la anarquía; al contrario, en nuestras sociedades complejas y heterogéneas, la urgencia reside en plantear la aplicación de métodos anarquistas en economía, tecnología, ciencias y educación, dejando a un lado el purismo ideológico y las vanguardias que generalmente terminan jugando en las reglas de la política tradicional del convencimiento y la razón. Nosotros, por lo menos, no creemos que el futuro del anarquismo se realice gracias a una sociedad de anarquistas. No queremos morir de aburrimiento. La oposición siempre existirá y, con ella, las oscilaciones sociales.

La Idea, entonces, siempre será idea. Su aplicación o realización no supone que deje de existir. Al contrario, instala nuevos horizontes, alimenta el deseo insaciable de libertad. La anarquía tiene un después de la anarquía, ¿qué une este puente? Estas divagaciones se conjugan con las palabras pronunciadas, allá por 1920, por el viejo sindicalista

Salvador Segui (CNT).JPG

Salvador Seguí en la prisión del Castillo de la Mola, donde señaló que el anarquismo es la gradación más alta del pensamiento humano. No hay ínfulas de superioridad ni humos de altanería ideológica detrás de esta frase. Para Seguí, la extensión espiritual del anarquismo es infinita. Su implantación, en tanto concepción ideal de la vida humana, no tiene lugar ni tiempo, por lo que tampoco es realizable, dado que no tiene un origen material. Es algo propio de la inteligencia y del sentimiento, la suma incesante de perfecciones. Por ello, la anarquía no es anterior al ser humano, «porque si fuera así, los anarquistas dejarían de ser, espiritual y moralmente, lo que fueron y lo que son, para rendir culto fanáticamente a lo sobrenatural». No hay nada sobrenatural en las ideas anarquistas, todo está contenido en nosotros mismos.

La anarquía, por lo tanto, es una idea cuya sustancia es la inquietud del pensamiento y la acción humana. Las ideas, cabe recalcar junto a Seguí, son determinadas por las personas, ya que ellas son quienes las crean. Según esto, se deduce que, así como el humano evoluciona junto al medio adaptándose y transmitiendo su experiencia a través de las generaciones, las ideas anarquistas evolucionan y se diseminan en distintos niveles y áreas de nuestro quehacer. Como un porvenir que escapa y nos empuja a seguir avanzando, el anarquismo no nace en un punto para morir en otro. No es un invento. Es, en palabras de Gustav Landauer, un descubrimiento, una forma de relación que existe.

El valor de las ideas anarquistas no reside en su realización a niveles macros, sino en las desafíos que implica llevar La Idea a lo concreto, ya sea a nivel individual o colectivo, material o intelectual, construyendo un camino de constante apertura. Ser anarquista es una aspiración. Recordada es la anécdota del poeta José Domingo Gómez Rojas, quien, cuando el juez Astroquiza le consultó si él era un anarquista, respondió: «Ojalá tuviera suficiente altura moral para llamarme anarquista».

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