Mal de Amores, Errico Malatesta

Extraído del libro “El Amor Libre, Eros y Anarquía
compilado por Osvaldo Baigorria.

Nota por Coyote: Siempre como anarquistas solemos pensar en la revolución, en la lucha de los trabajadores, de los estudiantes, estamos constantemente compartiendo artículos de Geografía con Reclús, de Ciencia con Kropotkin, de Filosofía con Bakunin, y ni hablar de Historia. Ahora llegó el momento de problematizar la anarquía desde lo mas tierno de nuestro ser, en algo muy personal de nosotras mimas. ¿Que puede ser más personal que el amor? El amor de pareja, amor a la compañera o compañero. No es un tema nuevo, puesto que se ha propuesto diversas posturas, como lo es El Poliamor, El poliamor jerárquico, la pareja no exclusiva, o incluso de abolir la familia y el amor en sí. 
Malatesta, si bien no entra de cuajo en estos términos más actuales. Logra poner en debate lo mas esencial que hemos pensado para disminuir el sufrimiento de los corazones. Siempre apelando a la comprensión y al entendimiento.
Errico lográ poner en punto de tensión que incluso después de la revolución podremos solucionar muchos males: los de la explotación, los del hambre, la competencia, pero nunca lograremos solucionar del todo El Mal de Amor.

Mal de Amores, Errico Malatesta.

Malatesta“Digámoslo de inmediato: nosotros no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, porque éstos no se pueden destruir con reformas sociales ni con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos del hombre, y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever.

Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física. Pero la libertad, aun siendo la única solución que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; pues la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer algo.

Es muy fácil decir: “Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan“. Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaran y cesaran de amarse al mismo tiempo. Pero ¿y si uno ama y no es amado? ¿Y si mientras uno ama, el otro ya no lo hace y trata de satisfacer a una nueva pasión? ¿Y si uno ama al mismo tiempo a varias personas que no pueden adaptarse a esa promiscuidad?

Yo soy feo“, nos decía un amigo; “¿qué haré si nadie me quiere?“. La pregunta mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias.

Otro, preocupado por el mismo problema, decía: “Hoy, si no encuentro amor, lo compro, aunque tenga que economizar mi pan. ¿Qué haré cuando no haya mujeres que se vendan?”. La pregunta es horrible, porque muestra el deseo de que haya seres humanos obligados a prostituirse por el hambre, y sin embargo ¡es tan cruda y terriblemente humana!

Algunos dicen que el remedio se hallaría en la abolición radical de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable, reduciendo el amor al solo acto físico o, mejor dicho, transformándolo, con el añadido de la unión sexual, en un sentimiento semejante a la amistad, un sentimiento que reconozca la multiplicación, la variedad, la simultaneidad de los afectos. ¿Y los hijos…? Hijos de todos.

¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea? Notemos ante todo que, a pesar del régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y que prevalece aún en la familia, ésta ha sido y continúa siendo el mayor factor de desarrollo humano, porque es en la familia donde el hombre normalmente se sacrifica por el hombre, donde realiza el bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor deja compañera y de los hijos. Pero, se nos dice, eliminadas las cuestiones de intereses, todos los hombres serían hermanos y se amarían unos a otros.

Ciertamente, ya no se odiarían; ciertamente, el sentimiento de simpatía y de solidaridad se desarrollaría, y el interés general de los hombres se convertiría en un factor importante en la determinación de la conducta de cada uno. Pero esto aún no es el amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie. Podemos quizá socorrer a algunos, pero no podemos llorar todas las desgracias, porque nuestra vida se desharía entera en lágrimas; y sin embargo las lágrimas de simpatía son el más dulce consuelo para un corazón que sufre. La estadística de los fallecimientos y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por todo ser humano que muere y regocijarnos por cada nacimiento.

Y si no amamos a uno más vivamente que a otros; si no hay un solo ser por el cual estemos más particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que ese amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿No nos veríamos privados de las alegrías más profundas? ¿No seríamos más desgraciados?

Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente, se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado. Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que los sufre en persona.

Para nosotros el amor es una pasión que engendra por sí misma tragedias. Estas tragedias no se traducirían en actos violentos y brutales, ciertamente, si el hombre tuviese el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinión pública no fuese, como hoy, tan indulgente para los crímenes pasionales; pero las tragedias no serían por ello menos dolorosas.

Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen -y un cambio en el régimen político y económico de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero- el amor producirá al mismo tiempo grandes alegrías y grandes dolores. Se podrá disminuirlos y atenuarlos con la eliminación de todas las causas que puedan ser eliminadas, pero su destrucción completa es imposible.

¿Es ésa una razón para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se actuaría como aquel que no pudiendo comprar abrigos lujosos quisiera permanecer desnudo, o como aquel que no pudiendo comer perdices todos los días renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia de la ciencia actual frente a ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.

Eliminemos la explotación del hombre por el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree amo de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción, y entonces podremos regocijarnos con razón si no quedan más males que los del amor.”

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