«La mujer y la política». Crítica de una feminista a las sufragistas, 1922

Women's suffrage

«La mujer durante siglos ha soportado la dominación del hombre. Queriendo emanciparse, ella puede ahora el mismo derecho que él, el derecho de elegir amos. ¿Dónde está la emancipación? La igualdad en la esclavitud no es el progreso.»

«Mujer y la Política»
Por: Una Rebelde (Francia, 1922)

Resultado de imagen para votes for womenHace medio siglo, quizás más, que se agita la cuestión, siempre discutida y aún no resuelta, del voto de las mujeres. Francia, esa “antorcha del progreso”, ha sido dejada atrás, sobre esta cuestión, como en tantas otras, por la mitad de Europa. Sin embargo se habla de otorgar a las francesas la preciosa boleta.

Las feministas se alegrarán, se les acuerda, de esta victoria tanto tiempo esperada. La mujer, mantenida siempre apartada de la vida social, se sentirá, a fin, igual al hombre, y esta igualdad reconocida, constituirá un progreso. Desde el punto de vista político, la mujer actualmente no tiene ningún derecho: ella obedece las leyes sin haber participado en ellas, paga sus impuestos sin dar su opinión sobre la aplicación que se les da. Una vez ciudadana tendrá como el hombre su derecho de emitir su opinión y el de discutir la de los otros.

Ganará también, por lo menos así lo espera, mayor libertad y más respeto por parte del hombre. El horizonte ampliado se extenderá entonces más allá del hogar, los niños o el folletín. Obligada a leer los diarios, a asistir a reuniones, la mujer verá aumentar sus conocimientos y su vida hacerse más interesante. En fin, en la sociedad, la mujer entonces sería algo: se sentiría una fuerza y no se la podría descuidar como antes. ¿Y no sería para ella una bella revancha -pacífica, por otra parte- a que podría tomar al fin sobre el sexo opresor? Sentirse un individuo, un engranaje social, ser parecida al hombre, sobre todo ¡qué victoria impacientemente deseada!

«La boleta del voto es, por lo tanto, una conquista inútil y posiblemente perjudicial.»

Ser semejante al hombre, tal es, en efecto, la aspiración secreta de las mujeres en general. Uno de los reproches que se le dirige su debilidad, -a menudo erróneamente, porque ellas demuestran a veces más coraje físico que los hombres- es su admiración, casi su culto a la fuerza. ¿Será la eterna atracción de los contrarios? Ellas buscan, aman en el hombre lo que más les falta. Las más refinadas hasta sufren a veces el antiguo prejuicio de inferioridad femenina. Más débil que el hombre, la mujer, para su igual, moralmente con la conquista de los derechos políticos que él posee. Parece que el hombre, símbolo de la fuerza, es su único modelo y que sus deseos más queridos son llegar hasta eso.

«La libertad política, que ellas envidian a los hombres, será, para ellas como para ellos, una conquista ficticia, una sabia ilusión gracias a la cual creerán, quizá, haberse liberado, pero en realidad serán más esclavas que nunca»

Ciertamente, esa igualdad de sexos, esa libertad política por la cual han luchado y sufrido tantas sufragetics, provienen de un deseo muy legítimo de emancipación. Los partidarios de la tradición se inquietan. ¿Qué será del mundo, si la mujer, hasta ahora mantenida bajo tutela, reclama su parte de autoridad? El mundo, sin embargo, no arriesga gran cosa, y las mujeres podrán podrán, como los hombres, votar, sin que la sociedad se haga por eso peor ni mejor. La libertad política, que ellas envidian a los hombres, será, para ellas como para ellos, una conquista ficticia, una sabia ilusión gracias a la cual creerán, quizá, haberse liberado, pero en realidad serán más esclavas que nunca. La mujer durante siglos ha soportado la dominación del hombre. Queriendo emanciparse, ella puede ahora el mismo derecho que él, el derecho de elegirse amos. ¿Dónde está la emancipación? La igualdad en la esclavitud no es el progreso. Porque el ciudadano, a pesar de su título está lejos de accionar a su gusto y de tener su parte en el gobierno, digan lo que quieran los manuales de instrucción cívica. El pueblo soberano, que expresa su voluntad un día cada cuatro años, es verdaderamente un soberano que se contenta con poco. Pero en realidad el lector soporta pasivamente las leyes, sin haberlas hecho, y sin poderlas cambiar nada. Determinando por el mecanismo gubernamental, no puede, con su voto, sino consolidad la autoridad que ya lo oprime y dar una apariencia de justicia a esta tiranía colectiva que se llama la ley. La ley, a pesar del sufragio universal, como resultado mismo de esta institución, está siempre establecida por los fuertes contra los débiles. Todas las libertades adquiridas en el curso de la historia lo han sido fuera de las leyes: han sido arrancadas ilegalmente, por la fuerza, y las leyes no han hecho sino legitimarlas, no pudiendo destruirlas.

Resultado de imagen para sufragistasLa boleta del voto es, por lo tanto, una conquista inútil y posiblemente perjudicial. Inútil porque no puede libertar al individuo. Perjudicial a la mujer, habiéndola obtenido, si imagina que ella se ha emancipado gracias a él, si limitara a eso sus reivindicaciones. Ya Mirbeau, hace treinta y cuatro años, se asombraba burlonamente de que todavía fuera posible encontrar, en un perdido rincón de la Bretaña o de Auvernia, un lector. “¿A qué sentimiento barroco, a qué misteriosa sugestión, puede obedecer tanto este bípedo pensante, dotado de una voluntad, según se pretende, y que va soberbio con su derecho, seguro de que cumple con su deber, a depositar en una urna cualquier una cualquier lista, poco importa el nombre que haya puesto en ella? … ¿Qué es lo que espera? Él no puede llegar a comprender que no existe sino una razón de ser histórica, y es la de pagar por un montón de cosas de las cuales él no gozará jamás, y de morir por combinaciones que no le atañen absolutamente”

¡En verdad sería para la mujer un raro lugar de perfeccionamiento intelectual y moral el Parlamento!

¿Que emancipación puede esperar de las reuniones electorales, llenas de bajos intereses, de intrigas ruines y sucias? ¿Le será preciso recurrir como el hombre, a las comedias múltiples y vergonzosas de la política impone a sus lacayos? Si quiere tener éxito estará más o menos obligada: las feministas¹, mejor que nada, se resignarán a aceptar este sucio combate. “Una vez la igualdad sexual conquistada, escribe una de ellas -la mujer en el combate de la vida adquirirá esa dureza de corazón que es la condición hasta el presente, del otro sexo. Golpeada, golpeará; expoliada, expoliará”. Posiblemente las almas delicadas prefieran alejarse de esas batallas electorales, a menudo asquerosas, vanas casi siempre. Las ventajas económicas que les reportarían (admisibilidad de la mujer en todos los empleos, con igualdad de salarios para ambos sexos; supresión de las leyes que subordinan la mujer al hombre) no llegarán a compensar las casualidades morales que tendrán que sacrificar durante estas luchas.

¹ Se les llamaba feministas solo a aquellas que apelaban al derecho a voto, otras mujeres que ahora podemos catalogar como feministas, por ejemplo Mujeres Libres de España (1936-1939), no se hacían llamar así para diferenciarse de las luchas de las feministas burguesas.

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«La política, las querellas de los partidos o de personas no enseñan nada, y a la mujer por otra parte, no le interesan mucho. No es la atmósfera pesada y ardiente de las salas electorales las que le conviene. Son más bien las reuniones educativas, la discusión de ideas nuevas, las conferencias contradictorias y vivientes las que aprovecharán para su educación social, todavía por hacer completamente.»

Y sin embargo, la mujer no debe desinteresarse de las luchas sociales. ¿No habrá otro medio más eficaz para conquistar su independencia, que el de solicitar una boleta de voto? Por otra parte abandonar completamente esta reivindicación ¿no será reconocer, de antemano, la propia incapacidad de realizarla? Y, ya que en la sociedad actual, las reclamaciones del ciudadano son las únicas legalmente atendidas, ¿no será más conveniente reclamar por de pronto los derechos políticos? Las mujeres llegarían a ser, gracias a ellos, una fuerza que por pequeña que fuera, les bastaría para hacerse escuchar. Una vez reconocida la igualdad política, la habrían apreciado en su justo valor, y hasta desdeñarla, alejándose como hacen los revolucionarios, de la lucha electoral. Y reservando sus energías para luchas más útiles, se esforzarían por conquistar en otra parte su emancipación. La política, las querellas de los partidos o de personas no enseñan nada, y a la mujer por otra parte, no le interesan mucho. No es la atmósfera pesada y ardiente de las salas electorales las que le conviene. Son más bien las reuniones educativas, la discusión de ideas nuevas, las conferencias contradictorias y vivientes las que aprovecharán para su educación social, todavía por hacer completamente. Agregará la lectura de libros, serios y atrayentes a la vez, y la de diarios avanzados; al mismo tiempo su compañero, su hermano o su marido la iniciará poco a poco en las cuestiones sociales. En fin, entrará para educarse al principio, para ayudar a las otras después, en asociaciones profesionales (como el Sindicato) o hasta con tendencias políticas sin ser electorales (como la Masonería). Allí se ejercitará en expresar claramente sus reivindicaciones, con la palabra y la pluma, y a realizarlas. Militar en los sindicatos o grupos avanzados sería naturalmente más eficaz para la emancipación de la mujer que elegir un diputado o una diputada que prometen siempre mucho y no pueden nunca cumplir nada.

Ni la mujer ni el hombre tienen nada que esperar de sus dirigentes “Nuestro enemigo es nuestro amo, él no nos dará nunca la felicidad”. En lugar de esperar el bienestar de una boleta electoral, la mujer ganaría en compenetrarse profundamente de estas sabias palabras, aplicándoselas: “LA EMANCIPACIÓN DE LAS MUJER SERÁ OBRA DE LA MUJER MISMA ”


El texto fue extraído de líbro “Emancipación. Las anarquistas y la liberación de las mujeres“, Volumen 2 de la Colección Libertarias, de la Editorial Eleuteria. La Edición fue organizada por el Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas.

«La mujer y la política«, de Una Rebelde, fue publicado originalmente bajo el título «La femme et la politique» en La Revue Anarchiste, octubre de 1922. En castellano fue publicado por La Protesta (Buenos Aires), número 58, fechado lunes 26 de febrero de 1923.

Extracto desde Editorial Eleuterio:

https://www.eleuterio.grupogomezrojas.org/wp-content/uploads/2018/03/Portada-emancipacion2.bmp

En este segundo volumen reunimos los escritos de Virgilia D’Andrea (Italia), Raquel (Chile), Luz Meza Cienfuegos (México), Juana Rouco Buela (Argentina), Virginia Bolten (Argentina), Teresa Claramunt (España), Hé Zhèn (China) María Álvarez (Uruguay), Emma Goldman (Estados Unidos), Ilse (España), María Lacerda de Moura (Brasil), Willy Witkop Rocker (Alemania), Una rebelde (Francia), Federica Montseny (España), Alejandrina B. y Ch., (Huacho, Perú), Kytha Kurin (Canadá), María Alarcón (Cuba) que fueron publicados entre los años 1900 y 1980. Su lectura y discusión resultan ser un buen diagnóstico para evaluar el curso de las ideas anarquistas y feministas durante el siglo XX. A su vez, al reunir voces de dichas libertarias, nos permite reflexionar y esclarecer la presencia de mujeres luchadoras a través del globo. Son, a final de cuentas, un conjunto de claves y códigos indispensables para los rumbos y surcos que se abren en cada lucha, en cada espacio de libertad que se crea, en cada círculo donde la solidaridad y la empatía son los principios fundantes de la emancipación y, sobre todo, de la defensa ante la violencia patriarcal que nos sigue oprimiendo.

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