Maria Lacerda: Anarcofeminista Brasilera

María Lacerda Moura

(Minas Gerais, 16 de mayo de 1887- Rio de Janeiro, 20 de marzo de 1945)

Maria Lacerda

Profesora, conferencista, escritora y periodista brasilera, se alineó en el movimiento libertario sin asir a un ideario definido: su meta de librepensadora es la libertad y la reeducación del ser humano a fin de prepararlo para una participación sin preconceptos en un mundo libre, por el cual luchaba. Sus ideas tuvieron amplia difusión en los medios anarquistas, tanto en Brasil como en Argentina, Chile y España, escribiendo sobre ella recordados ácratas como el doctor Juan Lazarte, de Argentina, o Federica Montseny, quien la define como «sol irradiando entre sombras, alma vibrante clamando en el silencio de la inconscistencia, mano piadosa enderezando las torcidas sendas, energía creadora surgiendo como una realidad alegra y fecunda«.

En 1926 publica «Religión del amor y de la belleza» (Sao Paulo), obra «Que es un canto de amor consciente y un conjunto de bellezas», según escribió Antonia Maymón. Llegado en 1928, inició una experiencia de vida comunitaria en Guararema, Estado de Sao Paulo.

Otros de sus libros fueron: La fraternidad en la escuela (1922), La mujer de hoy y su papel en la sociedad (1923), ¿La mujer es una degenerada? (1924), Ámense y no os multipliquéis (1931) y Han Ryner y el amor Plural (1933)

Extraído de «Emancipación. Las anarquistas y la liberación de las mujeres» de Editorial Eleuteria.

El siguiente texto es sacado del libro «Emancipación. Las anarquistas y la liberación de las mujeres» de Editorial Eleuteria, escrito por María Lacerda de Moura. El texto aparece en la revista Estudios (Valencia, España). La primera parte se publicó en el número 95 de julio de 1931, mientras que la segunda parte es del número 100, de diciembre del mismo año. En ambos casos el traductor firmo como «Zeus».

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¿Tiene sexo la inteligencia?
Las dos grandes razas sociales

Maria Lacerda de Moura
Brasil, 1931

I

No estará demás que declare, ante todo, que no soy feminista, no pertenezco a ningún partido, no exploto ni me sirvo de ninguna grey, no ejerzo ningún apostolado, no tengo religión alguna ni rumio en ningún rebaño académico o moraliteísta. Solo creo en mi dios interior que sueña con mis sueños, duerme, se solaza y aspira en cada uno de los estremecimientos de la Naturaleza buscando constantemente una forma siempre más bella en la fantasmagoría de los mundos y de los sueños…

Estoy libre de muletas. Me he emancipado de todas las iglesias religiosas y laicas.

No pertenezco a ninguna asociación “Pro Voto” ni soy del partido militarizado y militante del feminismo bélico.

Me repugna igualmente el ejército catequístico de ciertas damas de Estropajosa.

Gracias a muchas experiencias sufridas aprendí a huir de los rebaños, de las sociedades y de los credos, me libré de las muletas –según la feliz expresión de Krishnamurti- deserté de las barreras de la grey social y me siento libre para respirar en el campo abierto de mi individualismo reivindicando el derecho de todo ser humano.

La sociedad es la limitación fatal de los derechos individuales. En todos los tiempos, los partidos del “populacho de arriba” oprimieron al “populacho de abajo”. Pero aun cuando se inviertan los papeles todo volverá al punto de partida.

«el hombre procuró escalar posiciones que le permitieran –ya sirviéndose del derecho de la fuerza, ya recurriendo a la fuerza del derecho de sus leyes- pisotear a los de abajo»

En todos los tiempos y en todos los países, ya bajo la rotulación de liberales o conservadores, o ya bajo las de demagogos socialistas o aristócratas; ora con oligarquías, ora con plutocracias o imperios –el nombre es lo de menos-, el hombre procuró escalar posiciones que le permitieran –ya sirviéndose del derecho de la fuerza, ya recurriendo a la fuerza del derecho de sus leyes- pisotear a los de abajo. Para alimentar su orgullo o para dar satisfacción a sus feroces instintos, procuró mandar, tiranizar, para hacerse servir por la cobardía moral del rebaño domesticado a través de las tradiciones, de la rutina, de la educación y de los preconceptos; a través, en fin, de la imbecilidad humana.

Siempre hubo castas dominantes y masas escarneradas, señores y esclavos, déspotas y vasallos, explotadores y explotados. Es la fatalidad social contra la que no hay apelación posible.

«Se ha visto que existe una energía femenina digna de ser tomada en cuenta, digna de ser explotada. Se percibió el hombre de que su compañera podía serle de muchísima utilidad material y se dedico a explotar la carne femenina, el trabajo femenino o la sensibilidad de la mujer.»

La servil imbecilidad del género humano es infinita. Los nietzscheanos “superelefantes de la voluntad de dominación”, tuvieron y tendrán siempre su claque y su ejército, su policía secreta y sus vasallos sumisos y fieles, sus escritores prostituidos y sus lacayos incondicionales: los pensadores de rebaño, los sacerdotes, algunos poetas y científicos, todos los moraliteístas y los filósofos repetidores, todos los que comulgan con las ruedas de molino del vasallaje reaccionario y que viven encorvados reverentemente ante los Césares del poder gubernamental o ante los Cresos –reyes del acero, del otro, del petróleo o de las armas de guerra-.

A la vita de todo esto se ha descubierto, justamente ahora, que el siglo XX es el siglo de la mujer. Se ha visto que existe una energía femenina digna de ser tomada en cuenta, digna de ser explotada. Se percibió el hombre de que su compañera podía serle de muchísima utilidad material y se dedico a explotar la carne femenina, el trabajo femenino o la sensibilidad de la mujer.

Po esta causa –dentro y fuera del matrimonio- todo puede ser calificado de prostitución, todo es esclavitud. Sujeción para toda la vida a uno solo o a varios y por tiempo determinado. Sujeción del cuerpo, explotación del trabajo, esclavitud de la razón… la mujer vive “al servicio” de la esclavitud social.

«Y la eterna tutelada, dos veces esclavizada en nombre de la reivindicación de sus derechos, en nombre de la emancipación femenina, en nombre de tantas banderas, de tantos ídolos: patria, hogar, virtud, honra, sociedad, religión, derechos políticos y civiles, feminismo, comunismo, sindicalismo, fascismo, revolución, etc., etc., continúa siendo un instrumento manejado hábilmente por el hombre para sus fines sectaristas, dominantes, políticos, religiosos o sociales.»

Las innumerables necesidades lanzadas en la vida por la civilización industrial, arrastraron también a la mujer hacia el tormento del trabajo obligatorio y absorbente. Surgieron nuevas y enconadas luchas de competencia entre ambos sexos estimulada por este descubrimiento sensacional. Y la eterna tutelada, dos veces esclavizada en nombre de la reivindicación de sus derechos, en nombre de la emancipación femenina, en nombre de tantas banderas, de tantos ídolos: patria, hogar, virtud, honra, sociedad, religión, derechos políticos y civiles, feminismo, comunismo, sindicalismo, fascismo, revolución, etc., etc., continúa siendo un instrumento manejado hábilmente por el hombre para sus fines sectaristas, dominantes, políticos, religiosos o sociales.

La mujer no ha apercibido, y tal vez no lo verá nunca, el truco del que se valen los escamoteadores de la civilización unisexual.

Resultado de imagen para maria lacerdaLos comunistas instigan a la mujer a trabajar para el advenimiento de la dictadura “proletaria” preconizada por la Madre Rusia. Son, según la maravillosa expresión de Han Ryner, los “escultores de montañas”. Su divisa es la de todo rebaño: “Fuera de nosotros no hay salvación”.

Los anarquistas revolucionarios de la “santa violencia” quieren que la mujer vaya con ellos a soñar barricadas y a gritar en las plazas públicas como en casa: “¡Viva la revolución! ¡Abajo la burguesía!”, como si todo quedase solucionado así.

Los en dehors las quieren en el amor organizado como cooperativa de producto y consumo; en la camaradería amorosa… es decir, como instrumento sexual.

De entre los que acabo de citar, conozco a muchos que se rotulan con los más variados nombre y, sin embargo, solo se interesan por su propia libertad y por el triunfo de su partido, sin la menor preocupación por la mujer, desconociendo en absoluto sus derechos y sus necesidades. Conozco libertarios cuyo hogar es burguesísimo.

Tanto los laboristas como los sindicalistas, los propagadores de cualquier religión, los sacerdotes revolucionarios como los clericales, los socialistas demagogos, los feministas, los partidos políticos, todos, absolutamente todos procuran ahogar las verdaderas necesidades interiores de la mujer, todos sofocan sus más altas aspiraciones en el caos de las competencias de partidos o en las del progreso material absorbente. La sumergen en la loca actividad de la vida moderna para que sea devorada por esa civilización de explotadores y de vampiros.

La esclava eterna que creyó reivindicar sus derechos, que pensó se dedicaba a su emancipación, siéntese cada vez mas llena de responsabilidades, y su desesperación, irritabilidad y desaliento crecen a medida que desaparecen las ilusiones. Porque, hasta el momento actual, ¿Cuál fue el partido o el programa que haya representado una solución real al problema femenino?

En realidad ninguno. Porque la mujer es esclavizada bajo muchos otros aspectos, después de la victoria de una reivindicación de cada partido o de cada idea.

Al despertar para entrar en el trabajo social, su actividad es desviada hacia la defensa de las “verdades muertas”, de las “mentiras vitales”, dentro de la rutina, de las tradiciones, de los prejuicios de otro orden, de la reacción conservadora o revolucionaria.

La vacunan con el suero de los ídolos nuevos y la hacen incapaz para subir más arriba, para escalar ideales más elevados, y se agarran desesperadamente a las muletas milenarias. Aunque los ídolos se bauticen con nombres nuevos o con programas demoledores, lo real, lo irrebatible es que el ídolo continua siendo siempre el mismo; Moloch devorador.

Al incorporarse al movimiento social, la mujer se ha convertido en un instrumento creador de nuevos altares y se ha arrojado a una lucha sangrienta, lucha sin treguas, que los hombres caníbales de la civilización material y de las ambiciones desmedidas, aumentan, con el miraje de la vanidad loca de vencer dentro de “su” partido, en medio de “su” rebaño, entre “sus” compañeros de ideales, para dominar, para llegar a ser señores de esclavos o de explotados y exterminarlos en nombre del Amor y de la Justicia, en nombre sobretodo, de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad…

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La mujer, como digo, se ha convertido de víctima en cómplice de otras tiranías, se ha hecho apta para otra especie de domesticidad. Y es así como en la creencia de una liberación continúa siendo explotada su sensibilidad bajo la capa criminal de los evangelios nuevos, de los partidos recientes o de las organizaciones ultramodernas.

Bajo el pretexto de reivindicaciones feministas se ha desfocado nuevamente su razón y se aparta cuasi definitivamente del verdadero problema femenino, que es el problema humano del derecho a la vida, como tiene todo animal de la escala zoológica, la reivindicación individual de sí misma, el derecho a ser dueña de su propio cuerpo, de su voluntad, de sus deseos y de su expansión mental, para vivir la vida en toda la plenitud de sus posibilidades latentes.

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Mujeres anarquistas; España 1936

Que aprenda a ser libre para poder liberarse de las propias cadenas de los instintos que no están acordes con nuestras necesidades actuales (como, por ejemplo, el instinto de amar a la fuerza bruta, el instinto guerrero, etc.), instintos inferiores todos ellos, a fin de ascender hasta el plano superior donde penetra nuestra alma el ansia de ser algo más que instrumentos de voluptuosidad y de explotación, para escalar un grado más elevado de individualidad a través de la libertad de vivir para su propio corazón y de pensar por su propia mente.

Mientras la mujer se deje llevar por los otros, mientras confíe a la ingenuidad o a la malicia de los partidos, de los programas, de los votos, de las caridades, de los deberes, -ídolos del hogar, de las sociedades, de los privilegios, de las convenciones- patria, familia, religión y el “qué dirán”-, será la eterna explotada por la fatalidad social, por la imbecilidad humana y por la verborrea legal y moraliteísta.

Es el problema ibseniano de Nora en Casa de Muñecas. Es el problema hanryneriano del individualismo neoestoico, es el individualismo de la voluntad de armonía interior, de la realización subjetiva.

La mujer tiene prisa por laborar. Pero hay que tener en cuenta que solo puede ser dadivoso quien tiene las manos repletas… que solo podemos entregarnos al mundo cuando tenemos el conocimiento y la certidumbre interior de que los que vamos a dar no perjudicará al semejante.

Solo podre sembrar cuando logra recolectar algo en mí misma. Primero tengo que conocerme y, enseguida, debo realizarme. Solo después, bastante tiempo después, podre recoger para sembrar…

Cometo el mas inconsciente de los crímenes si alimento a los demás con el indigesto manjar que me hicieron engullir con la educación y la rutina social; este alimento no es otro que el patriotismo, la religión, la familia y la sociedad, que, a su vez, crean, multiplicándolas, nuevas formas de sujeción.

¡Cuántos ídolos!… ¡Cuántos ídolos para perpetrar los crímenes de lesa humanidad, de lesa felicidad humana, de lesa libertad individual! ¡Y cuán lejos estamos de nosotros mismos!

Doblemente esclava, la mujer, protegida (?) milenaria del hombre, en su cuerpo y en su razón; instrumento de explotación de los ídolos, de los partidos, de las religiones y de los programas; en resumen, es la esclava social.

¡Y es esa mujer la educadora de la infancia! ¡Cuánto absurdo, cuánto cretinismo, cuánta barbarie patriótica, cuánta estupidez honrada y virtuosa en la escuela, en el hogar y en la juventud!

Y es esto lo que repiten millones de profesores del mundo entero para la conservación del fósil del pasado reaccionario, con el dominismo de los sacerdotes, de los reyes, de los demócratas demagogos, de los militares y de los capitalistas. Este es el orden social, y no hay otro instrumento para su conservación como la mujer. Nuestra civilización no es otra cosa que ese cadáver que tanto nos cuesta arrastrar…

¿Hasta cuándo?

¿Volveremos acaso a un punto de partida?

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II

La organización social divide a los hombres y las mujeres en dos razas que se combaten ferozmente.

El instinto, la Naturaleza ordena que se busquen, inevitablemente, que se complementen, para realizar una armonía mayor, para conseguir un equilibrio armonioso de dos seres.

La sociedad, ciegamente, se enfrenta contra el instinto, contra la Naturaleza, y legisla, codifica y organiza el amor.

La razón de la mujer fue condenada a cadena perpetua, bajo pretexto de que su emancipación mental sería la causa de la destrucción del “sagrado hogar”.

De manera, pues, que la institución de la familia está basada en la ignorancia de la mujer, en el servilismo y la esclavitud femenina.

Las uniones libres son inmorales para la gente “honrada”. Sin embargo, el casamiento es una trampa feroz para ambos y, muchas veces, fraude para las dos partes. Y es así como la indisolubilidad del lazo matrimonial trajo la muerte de la razón en la mujer y la anulación del sentimiento en el hombre. Y se convirtieron ambos en monótonos discos de fonógrafo…

De ahí deriva la imbecilidad, la vulgaridad, el perverso reinado de las mediocracias oficialmente organizadas y mil calamidades más. El hombre no tiene tiempo para pensar. Repite. Sí, repite lo que oye y se acordaba. Acepta sumiso el alimento que se impone. No discute, no analiza, incapaz de crear, incapaz de vivir subjetivamente, incapaz de conocerse, de realizarse, quiere “vencer en la vida”. Es el señor. Y salta por encima del prójimo, con la voracidad que la civilización le ha inculcado. Mato el sentimiento. ¿Y la razón? La mato también. El hombre es una maquina.

En esta organización social de vampiros y arribistas, accionados todos por los invisibles hilos del guiñol de los Césares del Poder, de la religión y del capital, ser “individuo” –hombre o mujer- es cosa muy difícil.

Si Diógenes viviera, se encontraría nuevamente embarazado en su búsqueda del hombre, apagaría tal vez su linterna y se refugiaría despavorido en el fondo de su tonel, más escéptico que nunca.

La sociedad, las seducciones del goce material, la ambición siempre insatisfecha, los dogmas de la familia, de la religión, de la patria, de la civilización, de la rutina, de las tradiciones y de los prejuicios seculares, tienen por objetivo, asumen como más alta misión la de imbecilizar a los individuos e impedirles la realización interior ahogando su razón y comprando su consciencia. Por esta causa se hace preciso desertar de la sociedad para llegar a desprenderse de todo cuanto nos inculcaron como si fuera la mayor de las verdades, y para poder hallarnos a nosotros mismos.

¡No es nada fácil ser antisocial! ¡No es heroísmo de fachada el desertor!

Para reivindicar el derecho a pensar, el hombre o la mujer, tienen que saltar por millones de dogmas, por encima de centenares de ídolos, de millares de símbolos, de prejuicios, de tradiciones, de altares, de convenciones y “verdades muertas”, por encima de todas las mentiras vitales de la civilización, por encima de todo los cadáveres insepultos de los muchos engaños sociales.

Todo esto se resume en el gesto heroico de arrancarnos de la cabeza el disco de gramófono que en ella llevamos y reivindicar el derecho a ser una cabeza pensante.

Imposible no será esta actitud noble y altiva si queremos ser “damas” de la alta sociedad, políticos o académicos, profetas, maestros o sacerdotes.

Hombres y mujeres, todos cuantos se hallan en este caso, no son más que sombras, discos de la moral y la farsa social. ¡Oh! ¡Cuán equilibrado y armonioso resulta el balido del rebaño humano!…

¡Locura en cambio, pensar! Locos son los que denuncian los crímenes de lesa felicidad individual, los crímenes de lesa humanidad…

Así clama la moral social. Pero mi ÉTICA es muy distinta.

Cuán diferente es, en mi cerebro, el concepto de la dignidad humana. Para mi constituye un honor ser clasificada de anómala. Es una felicidad verme señalada como loca porque soy humana. Tengo a gran honra y a placer inmenso hallarme en esta locura que no quiere pactar, que no quiere ser cómplice de este vampirismo y del artificialismo social.

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Ni la inteligencia es privilegio del hombre, ni el sentimiento es exclusiva propiedad de la mujer.

Resultado de imagen para mujer en bicicleta siglo XXCondenado a la inacción, desde el punto de vista intelectual, el cerebro de la mujer es el fiel reflejo del cerebro masculino. La mujer de la “alta” o de la “buena” sociedad, puede ser cultísima, podrá hablar de Ibsen, de Gorki o de Maupassant, de Anatole France o de Voltaire, de Zola o de Mirbeau; podrá discurrir acerca del teatro de Bataille o de Moliere, pero, todo ellos es superficial… porque sigue siendo católica apostólica y romana. No supo ver la crítica mordaz de Voltaire o de Moliere, no sintió la ironía del inimitable autor de Thais o de La isla de los Pingüinos. Es “caritativa”, piadora, creyente, pero no vislumbra la sonrisa de amargura que nace de todas esas obras si se emprende el análisis doloroso del problema humano o de la cuestión social.

Digamos de paso que, hasta en eso, imita ella al hombre… También el hombre “culto”, aquel que tiene en su bolsillo el título de doctor en cualquiera de las ciencias universitarias, y su biblioteca bien repleta de volúmenes –no leídos muchas veces-, continua, a pesar de su saber, impermeable dentro de la rutina y la tradición social.

En el caso de los abogados, de los jueces, de los fiscales que interrogan a los presos políticos por cuestiones sociales y que confunden las ideas de Marx con las de Bakunin, preguntando a los anarquistas cuál es la clase de gobierno que desean después de la Revolución… y declarando finalmente que, también ellos, delegados del gobierno y del “orden” público, piensan como aquéllos, que también siendo estos ideales y espera el advenimiento de una sociedad anarcocomunista… solo que no expone en público sus ideas.

Y estos son literatos, “cultos”, que han viajado y leído mucho… pero no pasan de pensadores de rebaño.

No debe, pues, extrañarnos que la mujer se halle en las mismas condiciones, que repita y obedezca mentalmente.

Sin contar con que la mujer tiene, además, lo que los hombres reputan como necesario para contenerla dentro de la moral social: el “freno” de la religión católica.

Las ideas femeninas son convicciones del corazón… La mujer piensa a través de la simpatía y del amor de los que viven al lado de su vida de odalisca, de bestia de carga o de procreadora inconsciente –como incubadora que recibe huevos por imposición.

Bajo todos los aspectos de la vida la mujer está al “servicio”.

No escapa de esta domesticidad, a esa felicidad, a esa esclavitud, la inteligencia femenina al servicio de la mentalidad masculina.

En la literatura, en la poesía, ya como pensadora o artista, no tiene nunca fisonomía propia; está al servicio del pasado, de la rutina, de los preconceptos religiosos, académicos, científicos, políticos o sociales.

Vivimos la civilización unisexual.

El divino perfil de una Isidora Duncan, maravilla por lo imprevisto, por su originalidad superior de artista, por la espontaneidad de una individualidad, tan alta, que asombra, por la grandeza de una evolución aislada, única, autodidacta, y por una ÉTICA más alta aun en su belleza de entregarse incondicionalmente, en una generosidad creadora de ritmos y de sueños para la felicidad humana, integrada en la libertad de vivir intensamente una belleza mayor.

Pero las excepciones como ésta pueden contarse con los dedos de una mano.

Ya sea reivindicando sus derechos dentro de los partidos, ya sea en la lucha de clases, ora con métodos de acción política, ora con procedimientos revolucionarios, siempre la mujer está impelida por el hombre, estimulada por los jefes; se halla, en suma, siempre al “servicio” de lo masculino.

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    Poquísimas son las mujeres que ponen su capacidad al servicio de la propia consciencia.

Resultado de imagen para maria lacerda    Más… ¿Qué acontece entre los hombres?
¿Son elevado número los locos, los anormales, los anómalos que saltan por encima de los tapujos sociales, de las vallas del redil humano, arrancándose de la cabeza el disco de gramófono, según el admirable simbolismo de Andrés Latzko? ¿Son muchos los que han sabido reivindicar el derecho a tener cabeza?

¿Es considerable la falange de los que desprecian el armonioso balar de los rebaños de la parábola reyneriana, los que, locos también, antisociales, antipatriotas, antirreligiosos, antisectarios, antidogmáticos, se libran de todas las muletas y de todos los escapularios?

La gran mayoría, insensibles a las propias verdades subjetivas, emparedada dentro del ídolo majestuoso de la Rutina, no oye los llamamientos de su YO interior.

La cultura del rebaño, los títulos y las glorias de las letras, de las artes, de las ciencias; los pensadores y los filósofos académicos, todos están al servicio del orden social, al servicio de la destrucción humana, de la civilización industrial, de la competencia, de los canibalismos del progreso material; todos tocan el mismo disco de la marcha victoriosa de las “mentiras vitales”, de los ídolos voraces de la tradición, los dogmas y el qué dirán.

La cobardía mental es la más poderosa de las fuerzas reaccionarias.

Respetar, obedecer, repetir y alabar es la consigna del orden social.

Pero, aprender a pensar, y pensar en voz alta, no es privilegio del sexo fuerte.

En todas las épocas existió la afirmación viva de que el esclavo social –hombre o mujer- puede tener la consciencia despierta en el gesto libre de pensar en voz alta y obrar contra la rutina, contra todos los ídolos feroces de los altares de Moloch, de la Patria y la Civilización.

Es preciso, pues, ser antisocial para realizar el heroísmo sin par de renunciar las verdades interiores. Porque, es más fácil y más cómodo venderse a la gloria de un día, a la gloria de los honores y las paradas patrióticas y religiosas, a la seducción de los aplausos inconscientes de las multitudes, a los uniformes de las academias, a las condecoraciones y títulos honoríficos, al prestigio social.

Es realmente lastimoso ver a los mejores talentos masculinos o femeninos ponerse al servicio de las leyes, de los gobiernos, del orden constituido, del capital, de la sociedad, de los crímenes y de los errores de lesa felicidad humana.

Pertenecer a una grey, a un partido político, religioso o social, ser el portavoz de un dominismo que va contra otro dominismo, da prestigio y nimba de celebridad los nombres de los abogados, de los políticos, de los académicos, de los militares, de los sacerdotes, de los profetas o de los apóstoles.

¡Nada de muletas!

No hay muleta capaz de proporcionarnos la paz y la serenidad interior.

La humanidad no supo encontrar todavía la solución de sus dos principales necesidades, los dos instintos predominantes del reino animal y siguió el rumbo opuesto de la sabiduría de los llamados irracionales: ¡Comer y Amar!

Y el género humano enloquece, se degenera, se suicida y derrocha sus más admirables energías latentes en falsos placeres de relumbrón, crea la prostitución, las leyes estranguladoras y el vampirismo social y pisotea los más bellos sentimientos enlodando la pureza de todo cuando es noble y sin mácula, a fin de satisfacer sus dos instintos primordiales.

No obstante, cada vez se desvía más de su objetivo. Todas quedan insatisfechas. Doloridos por la indigestión y por la insaciedad amorosa.

Tan sencillo como sería satisfacer las propias ansias…

Pero es tal la complicación industrial y económica, y es tal también el grado de civilización, que son consideradas como anómalas y perturbadoras las inteligencias que ponen su esfuerzo al servicio de la Humanidad con el in de que desaparezcan las vergonzosas aberraciones actuales y volvamos todos a la Naturaleza, al seno de una vida simple de realización interior para poder interpretar y solucionar debidamente el problema humano dentro de la ley de la gravitación universal que es el AMOR, solución que se resume en los siguientes dos postulados de la ÉTICA:
No mataras”.
La vida solo se ha hecho para el Amor”.

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La realización interior no es cuestión de inteligencia, de cultura ni de sexo; no es tampoco el problema parnasiano de los malabarismo de palaras.

El propio D´Annunzio, a pesar de los plagios que le han descubierto algunos intelectuales de tan alto valor como Han Ryner y otros colaboradores del Mercure de France, era un artista de la expresión. Su estilo era magnifico en imágenes, está lleno de bellezas, es encantador a pesar de su narcisismo imperialista, a pesar de su voluntad y su lujuria, a despecho de la vanidad loca del orgullo y de su voluntad de poder.

Prostituido en el alma, y quizás también del cuerpo… pone su talento al servicio del carnaval social y nos hace llegar a la conclusión de que “los cheques pueden ejercer una influencia decisiva en el cerebro de un hombre genial”…

La inteligencia, pues, no depende de cada uno de nosotros. No tiene mérito alguno ser inteligente. El mérito, si puede ser cotejado por los demás, está en el carácter incorruptible, en el valor heroico del desprendimiento hacia los bienes materiales y los honores oficiales, está en el desprecio de la consideración social y el qué dirán.

El mérito, si existe, está en el no balar entre el rebaño humano, consiste en no repetir la voz de la rutina y de los prejuicios, ni ponerse al servicio de los domesticados.

El verdadero mérito está en la deserción social.

Consiste en ser antisocial y combatir toda orden, todo mandato, ya provenga de la ley, de la religión o de la moral.

Es el heroísmo de ir contra la corriente, de ser una voz única y aislada en medio del rebaño. Es el valor de ser individuo y conservar la dignidad humana en medio de la ferocidad colectiva.

Y, si la inteligencia no tiene sexo, no es privativa de un sexo ni de una raza, mucho menos lo es el valor de enfrentarse con los conductores del rebaño social y negarse a pactar con la brutalidad de la civilización, con las máquinas humanas y con los dólares inhumanos.

Cuando un hombre une a su mentalidad de pensador el sentimiento verdadero del artista –Tagore, por ejemplo-, que es, por así decirlo, una sensibilidad casi femenina, delicada en su grandeza espiritual de maternidad o de piedad humana, nadie lo interpreta como una “anomalía”.

Y es que, de hecho, la evolución tiene que acercar la razón y el sentimiento hasta lograr la armonía entre la mente y la sensibilidad interior –cerebro y corazón- para realizar una belleza mayor, para concretar un sueño más alto, para estructurar una concepción más elevada del problema de la Vida.

Y cuando una mujer junta a su sensibilidad femenina un sentido más profundo de la cuestión humana, y eleva su razón a alturas poco accesibles para el común de las preocupaciones vacías del vulgo en los ocios femeninos y masculinos; cuando alza en sus manos el sentimiento para hacerlo llegar a la altura de la razón, es un esfuerzo fantásticos de todas sus potencias, en un salto milenario desde las eras medievales hasta el siglo de la relatividad y el individualismo ryneriano de la “voluntad de armonías”, esta mujer, ¡oh entes, que de todo se extrañan!, no hace más que esbozar el tipo futuro individualista, en el cual cantará el equilibrio armonioso entre el sentimiento y la razón, para llegar a intuir más profundamente el nuevo ascenso hacia otra evolución más amplia, a fin de llegar a la conquista de una Belleza mayor.

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