“A propósito de nuestras críticas al bolchevismo”

Escrito por Camilo Berneri

Camilo Bernerin

Camilo Berneri

Los comunistas y los sindicalistas veroneses-moscovitas (1) nos acusan de realizar una obra antirrevolucionaria porque criticamos la política bolchevique, cuando la revolución rusa necesita toda la solidaridad de los partidos de vanguardia de Occidente porque está amenazada todavía por la política reaccionaria de la Entente y porque está inmersa en una enorme desgracia: la carestía.

(1) Se refiere a una corriente de la Unión Sindical Italiana (USI) favorable a la alianza con los comunistas y capitaneada por Nicola Vecchi, que luego se pasó al fascismo. Esta corriente publicaba en Verona el periódico L’Internazionale y polemizaba ásperamente con la mayoría de la USI que la había desautorizado.
¿Merecemos este reproche? Creo que no. Nuestra crítica al gobierno bolchevique no implica para nada una falta de solidaridad con la Rusia de la revolución, y se diferencia profundamente de la campaña organizada por la prensa reaccionaria y social-reformista. Criticar los criterios y los métodos del partido comunista ruso, contar los errores y los horrores del gobierno bolchevique es para nosotros un deber y un derecho, porque en el fracaso del bolchevismo estatólatra vemos la mejor confirmación de nuestras teorías libertarias. Es preciso, además, advertir que cuando Rusia era para el proletariado italiano la tierra santa de la libertad y la justicia, cuando el espejismo del mito ruso ejercía su fascinación revolucionaria sobre todo el mundo, nosotros callamos, a excepción de alguna voz aislada, porque la revolución rusa era un grandioso acontecimiento que había que aceptar tal como era, en bloque, so pena de disminuir su repercusión en aquellos países que, como el nuestro, parecían próximos a seguir el ejemplo que venía de Oriente. Pero
dos acontecimientos rompieron nuestro voluntario silencio: las revelaciones hechas por Serrati, Colombino, Nofri, Pozzani y otros y, por encima de todo, la sistemática importación de toda la literatura bolchevique rusa y la copia de todos los criterios tácticos, y la imitación servil de todos los puntos programáticos de Lenin y sus compañeros. Nos vimos en la necesidad de no callar más sobre lo que ya se había revelado en la prensa socialista, y en la necesidad de oponernos a aquella propaganda jacobina que se extendía entre las masas, perjudicando lo que nosotros consideramos la línea correcta revolucionaria. A todo ello se añade la reacción anti-anarquista del gobierno de Moscú y la convicción de que la política de los bolcheviques rusos lleva a un repliegue revolucionario en Rusia y en Occidente.
Los comunistas se equivocaron al fulminarnos como pequeño-burgueses y como antirrevolucionarios, y se han equivocado al persistir en esta actitud hostil. Pero se han equivocado en el sentido de que nuestro programa y toda la historia de nuestro movimiento, desmienten del modo más absoluto sus acusaciones, aunque tienen razón porque es natural que se crean más revolucionarios, más en la extrema izquierda que nosotros. Esto es legítimo y más que natural.
Puesto que nuestras críticas a la política bolchevique han sido motivo de discordia entre nosotros y los comunistas, y perjudican la alianza revolucionaria que, en realidad, existe entre nosotros y ellos, creo oportuno discutir nuestra actitud ante la política bolchevique para ver si también por nuestra parte hay excesos y errores. Creo que más que de errores se puede hablar de excesos.
A propósito de la política agraria de los bolcheviques se ha caído, por ejemplo, en exageraciones. Que la política de requisiciones ha sido una locura, es indiscutible; que la política de abastecimientos al campo ha sido insuficiente, es indiscutible; que el intento de nacionalización de las tierras con decretos inútiles y con un programa uniforme al respecto ha sido un error colosal, es indiscutible. Pero de aquí a afirmar que los campesinos rusos son comunistas por naturaleza, y que si la revolución se hubiese desarrollado libremente tendríamos en Rusia el comunismo rural, en el sentido kropotkiniano, hay mucha diferencia. Y lo mismo ocurre con la nacionalización de la industria, la ordenación del ejército, la burocracia, etcétera. La crítica anarquista a la política bolchevique ha caído en excesos debidos al mal conocimiento de las condiciones económicas, sociales y psicológicas de Rusia.
No siempre se ha sabido distinguir lo que era una tendencia programática de los jefes bolcheviques y lo que era una necesidad contingente, lo que era realizable con una línea autonomista y federalista y lo que era irrealizable incluso con el triunfo de esta línea.
En la crítica a la política bolchevique se ha confirmado esa excesiva valoración de la acción popular que es característica del anarquismo de Kropotkin. Es decir, se pensó que el proletariado ruso era más capaz de realizaciones comunistas de lo que realmente es. Otro error es no haber tenido en cuenta que entre el estallido de la revolución y el actual régimen hubo un período bastante largo de libre juego de las fuerzas políticas y sociales, en el que el movimiento anarquista se agotó y los partidos de izquierda demostraron no estar a la altura de las circunstancias.
Es inútil sofisticar sobre lo que la revolución rusa hubiera podido ser. Es la que es. Y al criticar su actual paralización es preciso tener en cuenta que a la política de repliegue del gobierno bolchevique contribuyen realidades más poderosas que los principios teóricos.
Los campesinos se han apropiado de las tierras que, por derecho, se han nacionalizado, pero en realidad se han subdividido entre los pequeños propietarios que constituirán la futura burguesía rural.
El intercambio de productos, más o menos clandestino, es general y enriquece a toda una categoría de nuevos estraperlistas. La burocracia está constituyendo una nueva clase de privilegiados. Es en este conjunto de procesos económicos y sociales donde hay que buscar las causas de la nueva política bolchevique, que ha contribuido a crear la nueva situación, pero no ha sido la única en determinarla.
Toda revolución tiene el desarrollo que es capaz de darle el pueblo que la realiza. La economía rusa era primitiva. El régimen zarista demuestra hasta qué punto era primitiva y retrógrada también la vida política de Rusia. No se puede, pues, juzgar con criterios occidentales una revolución que pertenece más a Asia que a Europa.
No pretendo justificar con esto toda la política bolchevique. Creo incluso necesario criticar el régimen bolchevique porque los comunistas italianos lo miran como un arquetipo, pero también creo necesario fundamentar nuestra crítica en bases más sólidas. Y para hacerlo es necesario observar la revolución rusa con ojo histórico más que con ojo político.
Este intento de objetividad, que no excluye la crítica sino que la hace más aguda y más justa, ayudará también a liberarnos de muchos apriorismos teóricos que amenazan con dar rigidez a nuestro movimiento y alejarlo de la exacta comprensión de la vida actual, que presenta aspectos nuevos que no siempre permiten conciliar la realidad de las cosas y de los hombres con las ideologías del anarquismo clásico.

 

 

 

 

 

 

 

 

Extraído del libro Humanismo y anarquismo.
Artículo publicado en Umanitá Nova, Roma. 4 de junio, 1922
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