Anarquismo y el evangelio: Jesús, el Estado, el Capital y Dios.

Por Fray Desquicio (Corresponsal Vaticano) Colaboración

Extraído del El Surco N° 36-37, Junio-Julio 2012

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“Cualquiera que niegue la autoridad y luche contra ella es un anarquista” (S. Faure)

¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (Lucas 12, 49-53),

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   El platonismo judeocristiano valora las acciones humanas por poseer un carácter bondadoso que las acompañe, mejor aún cuando es un bien supremo que calma la conciencia hasta de un tirano. En este sentido la figura de Jesús ha sido útil para las justificar las empresas de los hombres, correspondiendo a la necesidad de ser buenos, de estar convencidos de una especie de elección sobrenatural que permita el saciar cualquier ambición terrenal. No es casual que quienes se enriquecen groseramente a costa de las masas empobrecidas, de los oprimidos, sean familias moralmente ortodoxas, fundadas en ‘valores sublimes’. Son las mismas que hacen de Cristo el modelo de piedad, garante de recta intención en la alta sociedad, en que se articula el catolicismo institucional (educativo, cultural, religioso, política, económico, ejecutivo, recreativo).

Esto provoca que creyentes y no-creyentes sintamos real fastidio hacia ese ‘Cristo lava conciencias’, sostén de la moral Oligarca, y nos convoca a hacerle frente desde su misma (teo) lógica: Jesús es además un acontecimiento histórico que podemos investigar y re-descubrir. Porque la historia es más que ‘conservar’ vestigios arqueológicos de un pasado que nos llena de ego científico, la historia se hace con lo acontecido y se proyecta desde el presente, luego, la figura de Jesús continúa en discusión y disputa. La teología tradicional, institución funcional a los linajes aristócratas, debe ser importunada en su apropiación-ocultamiento de la figura de Jesús, pues representa la invención de un Cristo condescendientemente pasivo frente al egoísmo, la codicia y el lucro de las clases dominantes.

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De modo que el objetivo de este artículo es reseñar una crítica sobre la historia de este controvertido judío y su manoseado mensaje, intuyendo que la lectura anarquista de Jesús de Nazaret es más objetiva, más próxima a su identidad y menos sometida al control magisterial de la Iglesia Católica. Ahora bien, ¿Tiene notas y textos anarquistas el evangelio?

 Vamos a acotar en primer lugar algunos puntos del anarquismo moderno en tanto rechazo del orden capitalista globalizado: la tríada Capitalismo-Estado-Iglesia, central en la desigualdad como evolución/involución histórica de nuestra sociedad occidental. De manera muy general y sin agotarlos, tomaremos éstos como ejes principales de la crítica anarquista a la omnipotencia de la economía neoliberal. El anarquismo no los pasa por alto y ajusta su análisis a estos cimientos del sistema, destruyendo esta perversa trinidad de poder. En ella el anarquista ve claramente la formación de un sistema de muerte e injusticia que atenta violentamente contra la vida, y no creemos que Jesús lo percibió de forma distinta, la historia en dos mil años no ha variado mucho. Pese a que se ha afirmado trilladamente la frase ‘Cristo fue el primer comunista’, las opciones de Jesús apuntan a acabar radicalmente contra todo régimen que anule el camino de liberación humana. Jesús capta los focos de estancamiento social y personal de sus contemporáneos para luego librar al ser humano de esos yugos de esclavitud. Le repugna el clasismo y el racismo judío, entre otros.

Sabemos que los evangelios canónicos (1) nos entregan la vida de Jesús desde un género teológico, sin embargo ello no le resta el valor humano y social de su mensaje, creemos que todo lo contrario, abren una vía comunitaria distinta. Cuando él rompe con las normas comiendo con prostitutas, hablando con samaritanos, no respetando el sábado, faltando al cumplimiento de las purificaciones rituales, horrorizando al Sanedrín con sus palabras, siendo declarado enemigo público por sus coterráneos que querían matarlo y muchas otras situaciones, cuando rompe con este orden, demuestra la intransable autonomía de su ser que no se deja manipular por poder alguno, ni siquiera ante Dios. Cuando aparece la ley Jesús se reb(v)ela con la subversión de los valores tradicionales, colocando al ser humano en el lugar donde impera la ambición y lo ritual, con el objeto de devolverle el lugar que le corresponde.

Esto nos da como resultado una característica esencial en la vida de Jesús y sin la cual sería imposible entender su palabra y el desenlace de la cruz: la conflictividad. A esta altura quien no asume su carácter conflictivo recae en una obcecación mental o simplemente en una complicidad con los sistemas de injusticia presentes en una sociedad tan clasista y dividida como la judía, presentes desde los tiempos de Cristo hasta la actualidad. Muchos aún persisten en soslayar este aspecto gravitante en la vida de Jesús, para ellos van dedicadas esta reflexiones.

Esta retrospectiva cristiana anarquista se enfoca en las tres categorías señaladas como ejes del sistema neoliberal y de la crítica anarquista: el Capital, el Estado y Dios (2) . No vamos a forzar anacrónicamente conceptos modernos (como el mismo anarquismo) en una época tan remota de hace dos mil años, pero vamos a obtener de ellos un punto de vista más honesto y coherente con la identidad de Jesús.

1. JESÚS Y EL CAPITAL

“El dinero es una falsa creencia, es el símbolo que hace presente a la injusticia, matando la palabra que se transforma en hechos concretos y se hace (con) vivencia entre las personas”

jesus anarquistsaEl dinero en tiempos de Jesús era pieza fundamental de la economía judía, pero a su vez corrompía los lazos ciudadanos y la igualdad de todos ante la ley, conformando una sociedad rígidamente estratificada, dominada principalmente por los Saduceos a quienes se les permitió acuñar una “moneda de tiro” comercializada en el templo para pagar las ofrendas y los Herodianos que se beneficiaban del control de pago de los impuestos para Roma. De ese negocio se beneficiaban sacerdotes, fariseos, escribas y maestros de la ley. Rompiendo con este orden corrupto el mensaje de Jesús está dirigido a los desfavorecidos del capital, a quienes no lo detentan, a los marginados: “a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt 11, 5; Lc 4,18). Incluso se advierte que para los ricos es una mala noticia: “¡ay de ustedes los ricos, pues ya han tenido su alegría!” (Lc 6, 24), a costa de los demás, claro está.

La tradición católica ha querido relativizar -cuando le conviene- este tipo de textos con directa alusión a la condición sociopolítica de un pueblo, dirán que ‘el mensaje de Cristo es para todos y no puede excluir a nadie’, además, señalan que ‘hay una riqueza espiritual que impide la entrada en el Reino de Dios y una humildad que puede ser virtud incluso de los ricos’. Pero sin dejar de reconocer que la soberbia no es exclusividad de ninguna clase social, la palabra de Jesús implica una clara toma de posición frente a los grupos de su tiempo que no admite doble lectura: para este kairós (3) no es el tiempo de glosas. Tal separación material/espiritual es restar objetividad histórica a la idea de la encarnación. Jesús no busca el consenso institucional: “¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (Lucas 12, 49-53), menos aún siendo testigo de la piramidal sociedad judía y esa abismante distancia entre ricos y pobres que degradaba a las personas.

Los evangelios canónicos (4) nos plantean sólo una opción: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). El dinero es una falsa creencia, es el símbolo que hace presente a la injusticia, matando la palabra que se transforma en hechos concretos y se hace (con) vivencia entre las personas: “La semilla sembrada entre espinos representa a los que oyen el mensaje, pero los negocios de esta vida les preocupan demasiado y el amor por las riquezas los engaña” (Mt 13,22). En una sociedad corrupta y llena de avaricia, Jesús advierte un negro futuro para los acumuladores: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado? Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 20-21).

Jesús no perteneció a la cultura del egoísmo socioeconómico (Lc 9, 58), pues el reino que dice instaurar -aquí en la tierra- es la antí- tesis de un país que abre abismos sociales entre ricos y pobres, como lo señala en la parábola de Lázaro y el Rico (Lc 16, 19-31). Claramente la “novedad” de Jesús no admite el modelo de hombre exitoso tan en boga por aquel tiempo (también hoy), simplemente su mensaje no es compatible con la acumulación de riquezas, son “dos amos…” (Mt 6,24) que se contraponen. Sabe que los ricos tienen enquistado un altivo modo de ser (ethos), que no se sana por el mero cumplimiento de preceptos rituales, sino transformando activamente el orden conocido, cambiando la estructura sociopolítica: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios!” (Lc 18, 24)

2. JESÚS Y EL ESTADO

Precisamente se rebela contra la autoridad en un acto llamado ‘purificación del templo’, porque tal purificación se traduce en limpiarlo de la corrupción económica: “comenzó a echar de allí a los que estaban vendiendo” (Lc 19, 45)

Resultado de imagen para jesus anarchistPese a que el concepto de Estado no era propio de la organización judía, Jesús se manifiesta contra su equivalente: la elite gobernante de su país. Estos son los mismos líderes del judaísmo, pues la cultura judía no tiene distinción entre poderes laicales y religiosos.   Los líderes del gobierno judío son las mismas cabezas del Sanedrín: Saduceos, Fariseos, Sacerdotes, etc. Y aunque eran colonia del Imperio Romano podían contar con esa independencia similar a la regionalización de nuestros modernos estados-nación subdesarrollados respecto de los países del primer mundo.

  El gobierno organizado por el Sanedrín tiene su ‘casa de gobierno’ en el lugar más sagrado de Jerusalén: el Templo, esta vez profanado por los mercaderes.   Jesús percibe una vez más el peligro del poder económico, entra al templo y expulsa con autoridad a los empresarios y comerciantes que lucran con lo más sagrado de su cultura. Por eso, el miedo a desestabilizar el sistema que los favorecía les lleva a odiarle: “los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley comenzaron a buscar la manera de matar a Jesús, porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba admirada de su enseñanza” (Mc 11, 18). Le temen porque amenaza los intereses privados de los terratenientes enriquecidos, quienes dicen servir a Dios y a su pueblo.

Precisamente se rebela contra la autoridad en un acto llamado ‘purificación del templo’, porque tal purificación se traduce en limpiarlo de la corrupción económica: “comenzó a echar de allí a los que estaban vendiendo” (Lc 19, 45). Escandalizados con su actuar, mientras Jesús andaba por el templo “se acercaron a él los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te dio la autoridad para hacerlo?” (Mc 11, 27- 28). Jesús les da una respuesta que abre una encrucijada: “Yo también quiero hacerles una pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan Bautista, ¿venía del cielo o de los hombres?” Ellos se hacían este razonamiento: “Si contestamos: ‘Del cielo’, él nos dirá: ‘¿Por qué no creyeron en él?’. ¿Diremos entonces: ‘De los hombres’?”. Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: “No sabemos”. Y él les respondió: “Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas”. Conoce la ambigüedad de los jefes políticoreligiosos, tiene claridad de sus intereses. Se niega a entrar en una discusión con quienes sólo hablan aferrados a su estatus, a ellos sólo les refleja la deshonestidad sus cargos poniéndolos frente a frente con el pueblo que aún creen engañar.

  En Jesús es irreverencia su silencio ante Pilatos, pues no se deja intimidar ante su arrogancia, tampoco quiere entrar en la dinámica de un juicio ya viciado de antemano, no admite ser juzgado por ninguna de las autoridades de su tiempo: “ninguna autoridad tendrías sobre mí si no se te hubiera dado de arriba; por eso es que me entregó a ti tiene mayor pecado” (Jn 19, 11), es decir, desaprueba la legalidad vigente Romano-Judía. Tal vez el acto más rebelde de todos ya había sido señalar ante el Sanedrín su condición de instaurador de un nuevo orden: “El Sumo Sacerdote insistió: Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho… Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia” (Mt 26, 63-65). Ahí está Jesús frente a las autoridades gubernamentales de su tiempo: blasfemo, rebelde, desobediente agitador y peligroso insurgente.

3. JESÚS FRENTE A DIOS

¿Creía Jesús en Dios? Discutirá algún conservador católico que es un absurdo preguntarlo, por tanto se declaraba el Hijo de Dios. Pese a los reaccionarios discursos teológicos, el vocablo ‘Dios’ de origen griego no está tan claro como auténtico de Jesús, Resultado de imagen para jesus monte de los olivosinclinándose más bien por un nombre poco usual: Abbá (5) , vocablo que dejaba perplejo a quien lo escuchara. No existe un Dios omnipotente sobrenatural ajeno a la vida de ‘acá abajo’, sino un padre, quizás una madre. En todo caso son irrelevantes para Jesús éstas imágenes antropomórficas para su experiencia inefable de amor infinito, es un Dios-Comunidad donde se conjugan todos estos arquetipos vitales, porque “nadie ha visto jamás a Dios” (Jn 1, 18). Su iluminación le lleva a darle poca relevancia a los problemas semánticos sobre la religión. Para Jesús lo que le da crédito a nuestras certezas es que el ‘cómo’ (con) vivimos.

  Y si bien es cierto que Jesús no podría ser un positivista antirreligioso, es capaz de negar, especialmente con sus hechos a ese Dios tan puro como lejano, que se sitúa al lado de los poderosos. El Abbá de Jesús es alguien que se ‘juega el pellejo’, involucrado hasta la muerte con los seres humanos, alguien que no tiene otra referencia más acertada que el amor-amar. Sostiene su vivir en la divinidad impronunciable e inconocible del Antiguo Testamento sin dejar de entenderla como implicancia o cercanía absoluta con lo humano. Ese movimiento inverso a los señores y reyes del mundo (ya en sí una idea revolucionaria) no es otra cosa que el encuentro de lo trascendente con lo inmanente en el aquí y ahora, es un Dios que no tiene sentido sino se instala en medio de la miseria y la precariedad humana, para luchar activamente desde allí revirtiendo el sistema y humanizándolo.

  Estas ideas apuntan a conocer mejor la figura de Jesús, a acabar con el monopolio teológico que lo tergiversa como pieza de un mecanismo de desigualdad (6) institucionalizado como ley natural de la humanidad. Lejos de la resignación, representa la apertura de un camino nuevo, la revolución integral que hace de una sociedad piramidal un reino de hermanos•

Notas

1.  Marcos, Mateo, Lucas y Juan.

2.   En último caso, pese a las discusiones etimológicas de la palabra, Dios no es una palabra tradicional del mundo hebreo, es de origen griego y no tiene la densidad que para los judíos tiene Yahwé.

3.   Palabra griega que significa demonio fugaz que aparece como inspiración y nos lleva a otra dimensión, o sea el momento oportuno, en sentido cristiano lo llama ‘tiempo de Dios’.

4.   Siguiendo los criterios de autenticidad histórica, los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) fueron escritos el primer siglo inmediatamente después de la muerte de Jesús, por tanto resultan más fiables por su cercanía con la vida de Jesús.

5.   Palabra hebrea que significa “papá” en arameo, se suele traducir también como “papito”. Este término aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento.

6.   Se afirman en ese pasaje que dice: “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis” (Mt 26,11).

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